CÁRCEL DEL FIN DEL MUNDO... EL ESCAPE, MISIÓN IMPOSIBLE
No existe lugar más lúgubre que una prisión. Allí dónde las horas no pasan nunca y el tiempo se vuelve eterno, dónde la oscuridad reina y la soledad omnipresente vive para siempre. Las cárceles, moles gigantescas y frías, dónde la humanidad se deshumaniza, son silenciosos testigos de la permanencia de los detenidos. En la historia existieron presidios en los cuáles era imposible escapar y dónde un recluso era reducido a la mínima expresión en las condiciones en que vivían. Dentro de ésta categoría, en nuestro país sobresalió el penal de Ushuaia, la "cárcel del fin del mundo". La historia se remonta hacia 1883, cuándo el presidente Julio A. Roca envía al Congreso un proyecto que planteaba la construcción de un penal en el extremo sur del país. El primer presidio militar se ubicó en el paraje San Juan de Salvamento, dentro de la Isla de los Estados, entre 1884 y 1889. Allí se erigió el faro de San Juan de Salvamento, hoy conocido mundialmente como "el Faro del Fin del Mundo". Pero allí la temperatura era bajo cero y, el presidio fue trasladado a Puerto Cook, en 1900, para prevenir enfermedades causadas por la elevadísima humedad y el frío (que seguía siendo extremo). Pero, la falta de infraestructura para el trabajo de los reclusos, tornaba improductiva la prisión. Por ello, finalmente la cárcel terminó en la bahía del Puerto Golondrina, en Tierra del Fuego, al oeste de Ushuaia que, al estar mejor dotada, permitiría destinar a los presos a tareas de forestación y minería (considerados "más humanitarios"). Allí se construiría el edificio del penal recién a partir de 1902. Previamente, en enero de 1896, llegaban los primeros 14 penados a Ushuaia en el buque "1° de Mayo", comenzando así a funcionar la cárcel de Reincidentes que se estableció temporalmente en casas de chapa y madera. Tal iniciativa tenía como objetivos poblar la Patagonia y, el presidio serviría para atraer a futuros comerciantes a radicarse allí, pues sólo vivían unos cientos de pobladores entre miembros de pueblos originarios, misioneros católicos y evangélicos y miembros de las Fuerzas Armadas. Pero no fue casualidad que la construcción se decidiera realizarla allí, pues todo comenzó anteriormente gracias a la sagacidad y rapidez del gobernador fueguino Pedro Godoy, quién ya había conseguido las tierras para levantar la cárcel y, rápido de reflejos, comenzó a edificar los cimientos y construir pequeñas alcaidías antes que el Congreso Nacional le diera el visto bueno, para "ganarle de mano" a una posible invasión chilena a esas tierras inhóspitas y mantener la soberanía allí. . Ésto también serviría para descomprimir la superpoblación carcelaria de Buenos Aires. Los reos venían en barco, en una travesía de un mes, amontonados en las bodegas, junto al carbón, con grilletes en tobillos y muñecas. Los que llegaban tenían la "obligación" de construir su propio penal. Los primeros 36 prisioneros que iban a edificar el presidio arribaron el 30 de noviembre de 1902, acompañados por 15 soldados destinados a su custodia. Una semana después, los 83 presos que quedaron en Puerto Cook se amotinaron y, 51 de ellos escaparon en los pequeños navíos que allí estaban disponibles. Ese motín produjo 7 muertos y 39 fueron apresados por el teniente de fragata Enrique Filess (encargado de la base militar) y Horacio Balivé (capitán del ARA Azopardo). Fueron capturados y juzgados y, trasladados a Ushuaia. Para 1911 el presidente Roque Sáenz Peña firma un decreto que fusiona el presidio militar con la cárcel de Reincidentes de Ushuaia. En una zona de 2500 hectáreas al límite con Chile (las que había conseguido el gobernador Godoy), al este de Ushuaia (que solo tenía 40 casas), los presos construirían el "Presidio Nacional". La terminaron en 1920 y constaba de 5 pabellones dónde se alojaban 540 presidiarios. Increíblemente carecía de muro de circunvalación, reemplazado por un alambrado. Sumados guardiacárceles y celadores, custodiaban a los penados alrededor de 250 personas. Los pabellones estaban dispuestos en estrella (o forma radial) alrededor de un vestíbulo central y, el mismo convergía en la rotonda de entrada. Cada uno de ellos contaba con 2 pisos en los que se alineaban a ambos lados, celdas de 4 metros cuadrados (2 metros de ancho y 2 metros de largo, con un ventanuco con barrotes de hierro a 3 metros de altura), totalizando 380 calabozos con muros de roca de 60 cms. y, cuándo la población del penal excedía la capacidad del mismo, las caballerizas se transformaban en improvisadas celdas comunes que alojaban entre 40 y 50 presos cada una. Al ingresar, cada recluso era duchado y afeitado (solo se permitía bigote) y le entregaban sus "pertenencias" para utilizar allí : un traje a rayas azul oscuro y amarillo para trabajar, un traje para días festivos, un colchón con 10 kgs. de lana lavada, cubiertos, 4 sábanas, 2 calzoncillos, útiles escolares y un metro. Dentro del penal se les brindaba educación primaria (en caso de no tenerla) y una retribución monetaria por los trabajos realizados. Adentro "perdían su identidad" reemplazada por un número en su chaqueta, birrete y pantalón. A los asesinos se los "marcaba" con un distintivo rojo en el birrete para identificarlos del resto. Contaba con rudimentarios talleres de carpintería, herrería, imprenta, mecánica y zapatería. Otros trabajaban cubriendo las necesidades de la propia población del presidio. Tener buena conducta equivalía a poder trabajar en la tala de árboles (lengas) para la obtención de leña, indispensable para calefaccionar la gélida cárcel. Un pequeño tren, que conducía hasta la actual ubicación del Parque Nacional de Tierra del Fuego, transportaba a los reclusos para luego volver caminando 25 kms. hasta el penal, pues los vagones del tren venían repletos de troncos. También colaboraron con la obra pública de Ushuaia (en pleno proceso de desarrollo), construyendo calles, la red de agua potable y manteniendo el muelle. Como toque de color, formaron una banda de música que entretenía al pueblo, ya que desfilaba por la costanera los domingos a la mañana después del izamiento de la bandera, siendo éste el único momento festivo de la población fueguina, que contaba con 500 habitantes. Sin embargo, todos los presos deseaban hacer alguna labor, pues así se combatía el frío extremo, ya que uno de los castigos era la prohibición de trabajar y, en esa estadía en el penal, los guardiacárceles los mojaban y los dejaban encerrados en la oscuridad. Luego, los obligaban a desfilar a medianoche entre 2 filas de guardias armados con porras y palos y, allí cada uno de ellos descargaba furiosos golpes sobre la espalda del reo, quién daba tumbos de un lado para otro, retorciéndose de dolor entre gritos y llantos, hasta caer sin sentido. Los guardias gozaban con cada paliza, sabiendo también que los otros presos escuchaban desde sus celdas lo que les esperaba. El relato del historiador Miguel Ramírez al respecto es escalofriante : "Provistos de cachiporras, confeccionadas con alambre trenzado y una bola de plomo en los extremos, los guardianes aplicaban bestiales palizas a presos. A las cachiporras se agregaban instrumentos de tortura, garrotes de leña, trozos de hierro y látigos, que destrozaban, fracturaban costillas, deshacían pulmones, provocando vómitos de sangre. A puntapiés se herniaban a los presos. Al ex boxeador Sturla a cachiporrazos le hicieron saltar la dentadura". Salían inconscientes de esas prácticas y, en algunas ocasiones, muertos. El penal tenía su propio cementerio, dónde una o dos veces por semana, un ataúd salía de adentro. Los directores que pasaron por el presidio hicieron lo suyo, desplegando toda su fiereza y abuso de autoridad. El más sanguinario, sin dudas fue el teniente retirado Adolfo Cernadas, director del penal entre 1930 y 1934, quién fue denunciado por uno de los médicos de la cárcel, Guillermo Kelly. Entre los atropellos y abusos señalados por el facultativo figuraba el castigo de molerlos a golpes y arrojarlos desnudos en las heladas celdas por... hablar sin permiso...! Allí morían por falta de asistencia médica debido a las múltiples fracturas y lesiones que recibían. Otro "castigo" consistía en retorcerles los testículos, además de apretar su cabeza con una prensa de copiar (también lo hacían con sus manos y pies, dejando esas extremidades inútiles). También fue brutal el accionar del alcaide Carlos Faggioli, mano derecha de Cernadas, quién se justificaba diciendo : "Aquí, si no se usa la violencia, no es posible mantener la disciplina. Así mueren más rápido... ¡ Para lo poco que valen !". Fugarse de la cárcel era una misión imposible, ya que estaban rodeados de bosques y montañas impenetrables, un mar helado y un frío extremo (con temperaturas de 0° C de máxima y -15° C de mínima). Su constructor, el italiano Catello Muratgia, la catalogó "a prueba de fugas", expresando: "Quién pueda salir de allí, morirá igual de hambre o de frío, o terminará siendo arrestado nuevamente". Por allí desfilaron criminales famosos, como Mateo Banks, un chacarero que asesinó a sus hermanos, cuñados, sobrinos y los peones de su estancia y Guillermo Mac Hannaford, acusado de traición a la patria por venderle información secreta a Paraguay. Sin dudas, uno de los más significativos fue Cayetano Santos Godino, "El Petiso Orejudo", asesino serial de niños (mató a 4 e hirió gravemente a 7 de ellos). Llegó al penal en 1915 y fue objeto de estudio para averiguar la raíz de su maldad. Hubo médicos que le operaron sus grandes orejas "a lo Dumbo",en 1927, porque pensaron que en esa deformación estaba la clave de su perversa conducta. Formó parte de la banda musical del presidio tocando el bombo. Tuvo un final violento, pues en uno de sus habituales "raptos de maldad", le arrancó los ojos al gato que era mascota del penal. Enterados de ello, los demás reclusos lo golpearon ferozmente, quedando muy malherido. Lo llevaron a la enfermería, agonizante, falleciendo al poco tiempo de una hemorragia interna, producto de esa paliza en 1944. Tenía 48 años y nadie fue a su entierro. El otro preso "famoso y destacado" fue el anarquista ucraniano de origen judío, Simón Radowitzky, quién a los 18 años asesinó al coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la Policía Federal, arrojándole una botella con nafta y una mecha encendida en el carruaje donde se desplazaba con su secretario. Al explotar el artefacto, los ocupantes quedaron con los pies destrozados y, ambos murieron desangrados. Al escapar y, a punto de ser atrapado, el asesino quiso suicidarse, pero la bala de su pistola no salió. Fue juzgado y condenado (declaró haberse sentido feliz de haber cometido el crimen) a pasar sus días en Ushuaia. Fue el único que pudo escapar de la cárcel, el 9 de noviembre de 1918, debido a que sus camaradas anarquistas de Buenos Aires juntaron dinero, viajaron a Punta Arenas (Chile) y, alquilaron una pequeña embarcación para liberarlo. Esa mañana, un guardia (que había sido sobornado con dinero) se acercó al taller mecánico dónde Radowitzky trabajaba y le entregó un traje de guardiacárcel y, así pasó sin problemas las distintas líneas de guardia. Caminó hasta un lugar de la bahía donde se encontró con el ideólogo de la fuga, Apolinario Barrera, y se embarcaron. El plan era dejarlo en un refugio de la costa con provisiones para 2 meses hasta que dejaran de rastrearlo. Esa misma tarde en la cárcel notaron su ausencia y salieron en su busca. El error de Radowitzky fue seguir navegando (y no quedarse en el refugio). Fue divisado por un navío chileno (que colaboraba en la búsqueda), se arrojó a las gélidas aguas y llegó a la costa, pero igual lo atraparon. Se cumplía el dicho del constructor sobre la imposibilidad de fuga. Los dos siguientes años los pasó aislado en una celda sin ver el sol y alimentado con media ración. Pero era "un toro" y resistió. El 13 de abril de 1930 fue indultado (después de estar 21 años encerrado), junto a otros 110 presos, por el presidente Hipólito Yrigoyen, con la condición de abandonar el país. Se radicó en Uruguay, combatió en la Guerra Civil Española y murió en México en 1956. Hay versiones no confirmadas de que Carlos Gardel estuvo detenido en Ushuaia también. Otros reos conocidos fueron el escritor Ricardo Rojas, Héctor Cámpora (quién sería presidente en 1973) y Enrique Mosca (vicepresidente de Marcelo T. de Alvear). Sin embargo, la fama de crueldad y dureza del penal era cada vez mayor y, en 1947, el director nacional de Institutos Penales, Roberto Pettinato (padre), por orden del presidente Juan Domingo Perón, clausuró el penal de Ushuaia, alegando razones humanitarias. Los reclusos que aún quedaban fueron derivados a otras cárceles del país. Luego del cierre, los predios fueron entregados a la Armada Argentina, que hizo del lugar una extensión de la Base Naval Ushuaia (ubicada al lado). No obstante, en junio de 1960, a pesar de no funcionar, al presidio llegó un grupo de 34 hombres (luego se sumaron 11 más) para cumplir su condena de 3 meses de encierro. Ésto sucedió debido a que el presidente Arturo Frondizi aprobó por decreto el "Plan Conintes" (Plan de Conmoción Interna del Estado), ideado antes por Perón, que habilitaba la intervención militar para detener a disidentes políticos (los apuntados eran peronistas, huelguistas y guerrilleros) debido a "la intensa agitación que perturbaba esenciales actividades de la vida". Estuvieron 102 días presos (se calcula que el Conintes encarceló 3500 "disidentes"). En 1950, había desaparecido el "tren de los presos" y, en 1994, un grupo empresario reconstruyó el camino ferroviario y puso en funcionamiento el llamado "Tren del Fin del Mundo", como gran atractivo turístico. Actualmente el edificio del presidio es monumento histórico y centro cultural. Funciona como museo Marítimo y del Presidio, abriendo diariamente de 10 a 20 horas. El mismo está dividido en 4 áreas que recuerdan la historia de los pueblos originarios de Tierra del Fuego, la historia naval y del presidio, dónde presos y guardias son recordados con fotos y estatuas de cera. En el ex playón del comedor en la actualidad se practica ajedrez, patín y pintura. La "Cárcel del Fin del Mundo", reconvertida en museo, hoy es mudo testigo de la odisea que era permanecer allí, dónde sobrevivir era lo único que importaba, pues como se dijo, escapar era una utopía. Quedan muchas historias de reos (además del "Petiso Orejudo" y Simón Radowitzky, que casi logra escapar) en lo que fue un verdadero símbolo del encierro y su adversidad climática, llamada también por ello "la Siberia argentina"...
Foto 1 : El penal, desde el exterior.
Foto 2 : Los presos (con su traje a rayas) en el almuerzo.
Foto 3 : El "tren de los presos" yendo a buscar leña para la calefacción de la cárcel.
Foto 4 : Los reclusos descargando los troncos del tren.
Foto 5 : Las celdas, de 2 metros de alto por 2 metros de ancho, eran "una heladera".
Foto 6 : La única estufa que calefaccionaba el penal.
Foto 7 : Estatuas de cera conmemoran la vida de la cárcel en esa época.
Foto 8 : El tren cargado de troncos llega al penal.








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