FIEBRE AMARILLA... LA ANTESALA DE LA PANDEMIA QUE VIVIMOS
Hace 4 años vivíamos a nivel mundial una pandemia que se cobró millones de vidas humanas. Un flagelo que sufrimos todos y, en muchos casos, nos tocó muy de cerca. La COVID -19 es una enfermedad causada por el coronavirus SARS-CoV-2. En todo el mundo fallecieron alrededor de 15 millones de personas, mientras que en nuestro país 130 mil fueron las víctimas (sobre más de 10 millones de casos). A lo largo de la historia, el planeta sufrió gran cantidad de epidemias (tifus, Ébola, gripe aviar, dengue, entre otras). En ese contexto, en Argentina, más precisamente la ciudad de Buenos Aires, padeció uno de las más virulentas y mortales enfermedades que se tenga memoria : la epidemia de fiebre amarilla en 1871. El 27 de enero de ese año recién fue reconocido oficialmente el comienzo de la enfermedad en la ciudad, a pesar de existir evidencias notorias de su circulación. Esa noche, policías de la Comisaría 14° de Buenos Aires, ingresaron a la casa del italiano Ángelo Bignollo, de 68 años, situada en Cochabamba 113, en los conventillos de Barrio San Telmo. Había una alerta de 3 casos, denunciados por el Consejo de Higiene Pública. El dueño de casa yacía muerto, junto a su nuera Colomba, de 18 años. Junto a las fuerzas del orden estaban los médicos Juan Adolfo Argerich y Juan Gallarini, quiénes constataron los decesos, pero certificaron actas de defunción erróneas para no alarmar a los vecinos. Al hombre le colocaron como causa de muerte, gastroenteritis...!! y a la joven, inflamación pulmonar... Un delirio. No obstante, la notificación oficial entregada al Jefe de Policía, Enrique Gorman fue certero : fiebre amarilla. Otra grave omisión la cometió el presidente de la Comisión Municipal de Salud, Narciso Martínez de Hoz, quién desoyó las advertencias de los doctores Luis Tomini, Santiago Larrosa y Leopoldo Montes de Oca, sobre la presencia de brotes epidémicos y no dió publicidad a los casos. La obstinación de las autoridades y los entes de salud llegó al colmo con la autorización de los festejos por los carnavales, la continuidad de los bailes callejeros y el avance de los preparativos en Casa de Gobierno de la 1° Exposición Nacional de Producción, Tecnología y Ciencia del país a realizarse en Córdoba. Con los festejos carnavalescos, en el mes de febrero se registraron 300 casos y, en marzo llegó a un pico de 40 casos diarios (llegando a 100 el 6 de marzo). El 2 de marzo, último día de festejos, se prohibieron los mismos y los bailes callejeros. Demasiado tarde, la desidia, ignorancia, irresponsabilidad, incapacidad, como quiera llamársele, de las autoridades, provocó una tragedia mayor. Para algunos ciudadanos, el municipio no estaba capacitado, ni tenía una planificación para afrontar tamaña calamidad, por lo que el periodista Evaristo Federico Carriego De la Torre, a través de una campaña, convocó el 13 de marzo a los vecinos en la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo), para designar una "Comisión Popular de Salud Pública", que actuaría en paralelo al gobierno. Quedó conformada con José Roque Pérez, en la presidencia, el periodista Héctor Varela como vicepresidente y, otros notables integrantes como : Adolfo Alsina, Adolfo Argerich, Carlos Guido Spano, Bartolomé Mitre, el canónigo Domingo César, el sacerdote irlandés Patricio Dillon y el propio Carriego. Su particular tarea era expulsar a aquellas personas que vivían en lugares afectados por la plaga y quemar sus pertenencias. José Roque Pérez murió 11 días después. Ante la cantidad de enfermos, el Hospital General de Mujeres, Hospital Italiano, Casa de Niños Expósitos y Hospital General de Hombres (centros de salud operativos), no daban abasto. Se creó el Lazareto de San Roque (hoy Hospital Ramos Mejía) para paliar la situación. El puerto fue declarado en cuarentena, las provincias limítrofes no dejaban entrar a su territorio a gente de Buenos Aires, por temor al contagio. Las escuelas y la Universidad de Buenos Aires (UBA) cerraron sus puertas. La orden de las Hermanas de la Caridad, también cesaron su actividad en sus establecimientos de enseñanza y se pusieron a trabajar en los hospitales, muriendo 7 religiosas en esa tarea. El panorama en la ciudad era desolador. La gente abandonaba sus casas, dejando todo y sin llave. Los que tenían recursos se mudaron a la zona norte, otros al campo y, los alquileres aumentaron de manera escandalosa. El gobernador Emilio Castro anunció que se habilitaban alojamientos especiales fuera de la ciudad para la gente de escasos recursos que quisieran dejar la misma. Los inmigrantes italianos, la mayoría habitantes de conventillos, fueron injustamente señalados como causantes de la epidemia y, muchos debieron regresar a su país. El barrio de La Boca (con mayoría de italianos), sufrió estragos, con 30 muertos por día. Por una cuestión de cercanía, se apuntaba también a las pestilentes aguas del Riachuelo, contaminado sobremanera por los deshechos que arrojaban los saladeros ubicados en sus orillas. La situación era desesperante, a tal punto que había 160 médicos, que no daban abasto para 200.000 habitantes. Se determinó que cada uno cobrase $ 10.000 por mes. Tales fondos provenían de la Cuenta Especial de Gastos de la Epidemia. Cuándo disminuyó el número de afectados les pagaron la mitad y, a partir del 1° de julio ya no cobraron más. Varios destacados médicos perdieron la vida en ésta batalla : Francisco Javier Muñiz, Adolfo Argerich, Caupolicán Molina y José Pereyra Lucena, entre otros. Un hecho que causó indignación sucedió a mediados de marzo, cuándo el presidente Domingo Faustino Sarmiento y su vicepresidente Adolfo Alsina abandonaron la ciudad, junto a su gabinete de ministros, senadores, diputados y miembros de la Corte Suprema de Justicia. El pueblo sintió que sus líderes los dejaban a merced del flagelo y huían para salvar sus vidas. Uno de los que se quedó "a pelearla" fue Bartolomé Mitre, junto a uno de sus hijos, dirigiendo el diario "La Nación" (terminaría contagiado, pero salvó su vida). La Iglesia, como institución, también "plantó bandera", dando misas con poquísima gente, pues se les rehuía a las reuniones con mucha concurrencia. Diariamente se oraba para el fin de la epidemia, que se cobró la vida de 67 curas, sobre un total de 292. A partir del 10 de abril se decretó feriado hasta fin de mes y se prohibieron las celebraciones de fiestas religiosas. También cerraron oficinas públicas nacionales y provinciales, además de los comercios. A raíz de ello, aparecieron problemas de abastecimiento. En las calles yacía gente muerta y, los ladrones, disfrazados de enfermeros, saquearon casas abandonadas o con habitantes moribundos. Otra maniobra fraudulenta aprovechando la situación fue la actuación de abogados y escribanos inescrupulosos, que hacían testamentos y escrituras falsas para apropiarse de viviendas abandonadas o, dónde sabían que sus moradores habían fallecido. La policía colocaba candados a las viviendas, mientras que integrantes de la Comisión Popular de Salud Pública (como se dijo, creada en la Plaza de la Victoria, el 13 de marzo, por presión popular) recorrían periódicamente el Barrio San Telmo, echando a la calle a los infectados y haciendo fogatas para ahuyentar el mal que, se presumía, se transmitía por el aire. Además de pocos doctores, sólo había 40 coches fúnebres, que eran insuficientes y, por ello se utilizaron los de recolección de basura. Los mateos, transporte privado usual de la época, también fueron convocados (aunque, por contrapartida, aumentaron la tarifa de manera exorbitante). Algo increíble, pero también lógico, era que fallecían los fabricantes de ataúdes por la epidemia y, a los cadáveres se los envolvía en sábanas y lonas, dejándolos tirados en las esquinas, a la espera de su recolección en los coches fúnebres (los llevaban apilados como si fueran mercadería). Como no se podía inhumar en el Cementerio Norte (hoy Recoleta), por estar prohibido enterrar víctimas de la epidemia, a la mayoría se los llevaba al Cementerio Sud, en el actual Parque Ameghino (Parque de los Patricios). En ese lugar estaba la quinta de los Escalada (allí falleció Remedios, esposa de San Martín, en 1821). En 1867, el Estado había comprado esos terrenos y construyó un cementerio, pero en la epidemia enterraron 10.044 ataúdes y colapsó. Por esa razón, nace el Cementerio de la Chacarita (en terrenos donde está el Parque Los Andes). El 1° inhumado fue el albañil Manuel Rodríguez y, mientras duró la epidemia, los féretros se acumulaban en la puerta del cementerio, esperando su turno. Esa espera podía durar hasta una semana. Las condiciones de higiene eran mínimas y se llegaron a cremar 564 cadáveres en un día (por el amontonamiento excesivo de cuerpos). Igual que el anterior camposanto, no daba abasto y, a fines de abril, el administrador del lugar manifestó que tenía 600 ataúdes sin enterrar y que, además 14 peones dedicados a esa tarea habían muerto por ello el mismo día. Los olores eran insoportables y la salubridad nula. Por quejas vecinales, ese 1° Cementerio de la Chacarita fue clausurado en 1875, aunque siguió operando hasta 1886, enterrándose 3423 ataúdes. Al año siguiente se inaugura el 2° Cementerio de la Chacarita (el actual que conocemos hoy), construído en tiempo récord, para suplantar al anterior. En una medida acertada tomada en la epidemia, el Gobierno local encomendó al Ferrocarril del Oeste tender una vía que, desde el centro recorriese los 6 kms. por la calle Corrientes, hasta el Cementerio. Así nacía el "tranvía o tren fúnebre", partiendo desde la esquina de Corrientes y Ecuador, con 2 paradas intermedias (en Medrano, la primera y en la quinta de Alsina, situada en Scalabrini Ortiz, la segunda). En cada parada, levantaba una carga de cadáveres. El tendido de las vías estuvo a cargo del ingeniero francés Augusto Ringuelet, quién la realizó en tiempo mínimo, el 11 de abril, dos días después de la Pascua, dónde se registraron 72 muertos. La locomotora usada era "La Porteña", que llevaba vagones con cuerpos apilados y muertos. Cerraba la formación un vagón de pasajeros, dónde iban los familiares de los muertos, para darles el último adiós. Hacía 2 viajes diarios a la Chacarita. El maquinista inglés John Allan, de 36 años y su hermano Thomas eran los encargados de conducirla, pero al 3° día de inaugurados los viajes, John enfermó y murió (además la conducía desde sus comienzos, en 1857). Finalmente, el 24 de mayo, la fiebre amarilla se cobró su última víctima, el español Pedro García, de 50 años, residente en San Telmo. La tasa de mortalidad fue del 7 % (13.763 muertos, sobre un total de 187.000 habitantes). Los barrios de San Telmo y Monserrat fueron las más afectados, debido a la cantidad de inmigrantes, hacinados, con pésimas condiciones de higiene. Pero... a raíz de lo sucedido, surgen algunos interrogantes : ¿ qué pasó para que sucediera semejante calamidad ? ¿ Cuál o cuáles fueron las causas ? Se determinó que los soldados que venían de combatir en la Guerra de la Triple Alianza, en tierras paraguayas, traían la enfermedad. Al principio la confundieron con una tifoidea agresiva. La epidemia se había desatado en Brasil, pero se desconocía cuál era la enfermedad, sólo había conjeturas al respecto. Algunos la llamaban "vómito negro" porque provocaba una hemorragia gastrointestinal. A los barcos provenientes del norte se los obligaba a someterse a cuarentena. Si bien se reconoció su existencia el 27 de enero, el pico se registra entre el 27 se marzo y el 13 de abril, con más de 500 muertos por día. ¿Porqué la ciudad no pudo hacer frente a ésta tragedia que terminó desbordándola ? No estaba preparada para ello. Las condiciones de salubridad eran nulas, calles sin pavimentar, terrenos y paseos debordados de basura que allí desechaban. No había servicio de agua corriente y, la población consumía el agua de aljibes y pozos contaminados con sustancias orgánicas, Según escritos de la época, la fruta a consumir permanecía días al rayo del sol, muchos obreros (principalmente los portuarios) vivían hacinados con sus familias en precarias barracas de madera... y los conventillos de los barrios populares estaban igual. Además, la contaminación del Riachuelo estaba en su apogeo debido a las "miasmas" (vapores pútridos que emanaban de él) provocadas por el derrame diario de los deshechos de los saladeros. Y, por último... ¿ cómo eran los síntomas ? En un primer período había repentinos dolores de cabeza, escalofríos y decaimiento general. En un segundo período, calor, sudor, la lengua se ponía blanca, carencia de sueño, pulso acelerado y dolores de estómago, riñones, muslos, extremidades y ojos. Por último, en el etapa más grave, mucha sed, debilidad, vómitos biliosos, disminución hasta supresión total de orina, hemorragias en encías, lengua, nariz y ano. Hipo intenso, delirio y... la muerte. A su vez, los tratamientos eran bastante caseros : en la primera etapa se provocaba la transpiración adrede con baños de pies en harina de mostaza, ingestión de 2 o 3 tazas de infusión de saúco y se los envolvía en mantas. Horas después les daban aceite de ricino o magnesia calcinada y se les provocaban vómitos dándole agua tibia con tártaro emético. En la segunda etapa les daban sulfato de quinina cada 2 horas, agua destilada de menta, gotas de éter sulfúrica y jarabe de quina y, por último una enema con corteza de quina disuelta en agua. Para la última etapa, ya no había tratamiento. Como dato anécdotico, cabe aclarar que también participó en las ayudas médicas el doctor Tomás Liberato Perón (abuelo del caudillo Juan Domingo Perón). Finalmente, años después se supo la causa de la enfermedad y su propagación : la picadura del mosquito Aedes Aegypti...(un viejo y actual conocido) y las ya comentadas pésimas condiciones de salubridad sumada a la inoperancia e incapacidad del gobierno de turno...Una historia conocida que, con otros protagonistas, a nivel mundial, volvió a repetirse... dejando en el camino a cientos de miles de ciudadanos...
Foto 1 : "Episodio de fiebre anarilla", óleo alusivo.
Foto 2 : Coches fúnebres llevando víctimas.
Foto 4 : Escultura y placa que recuerda a las víctimas de la epidemia, en San Telmo.
Foto 5 : Un viejo conocido. El Aedes Aegypti, causante de la fiebre amarilla.
Foto 6 : Pintura que representa un enfermo de fiebre amarilla.
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