MANUEL BELGRANO... SUS ÚLTIMOS DÍAS , SUMIDO EN LA POBREZA Y EL OLVIDO

El olvido por parte de los demás es una de los peores situaciones que un ser humano puede vivir. Los años de bonanza, gloria y buenaventura quedan en la basura cuando ya no se está "en la cresta de la ola", cuando los años pasan y la desgracia llega... Es ahí cuando los "amigos de la fama" se esfuman, se pierde el reconocimiento general. Aquellos que disfrutaron de esas mieles con el caído en desgracia desaparecen, y... llega el olvido. Algo de ésto le pasó a uno de los más grandes héroes nacionales : el General Manuel Belgrano. El Creador de la Bandera murió a los 50 años, producto de las innumerables enfermedades que padecía (que no hizo que le trataran), las cuáles sufrió en las campañas independentistas... por amor y compromiso con la  Patria. Sus males físicos comenzaron en 1794, a los 24 años, durante su estadía en Madrid, Salamanca y Valladolid, mientras estudiaba Derecho. Allí contrajo una grave enfermedad infecto - contagiosa. Al recibirse, regresó al país para ejercer la abogacía y, el clima porteño le trajo aparejado fuertes ataques de reumatismo. En 1800, a los 30 años, le diagnosticaron una afección ocular (principio de fístula en los conductos lacrimales). Su médico, el Dr. Gorman, le sugirió abstenerse de lecturas y labores propias de su estudio jurídico. Belgrano, obviamente teniendo en cuenta su carácter, no le hizo caso. Años más tarde, su incorporación al ejército y las sucesivas campañas militares le provocaron paludismo y fiebre terciana (enfermedad con episodios febriles que ocurren cada tercer día o un intervalo de 48 horas, debido al ciclo de vida de un parásito alojado en los glóbulos rojos). El 20 de febrero de 1813, en vísperas a la Batalla de Salta, Belgrano tuvo varios vómitos de sangre y su debilidad le impedía montar a caballo. Ante ésta situación pensó dirigir la batalla desde su carreta, pero luego mejoró y pudo comandar. Su salud seguía empeorando y, le aparecieron várices esofágicas y enfermó de cirrosis, lo que le produjo también hipertensión portal (aumento de la presión sanguínea de la vena porta, que lleva sangre del intestino al hígado). Una aproximación a su salud la dió su sobrino, Ignacio Álvarez Thomas, quién dijo en 1819 que, sufría agudamente del pulmón y el pecho, además del agravamiento de la hidropesía (cantidad anormal de líquido en sus piernas y pies, sumamente hinchados). Otro que contó el agravamiento de sus padecimientos, en 1816, fue su gran amigo José Celedonio Balbín : "Tras el armisticio de Santo Tomé, donde sufrió lluvias, fuertes vientos, estuvo sin abrigo y mal alimentado, quedó postrado. Acababa de asaltarlo el primer ataque de la enfermedad de que murió. Dormí en su tienda desabrigada y húmeda; observé que pasaba la noche en pervigilio y, con la respiración anhelosa y difícil. Sospeché gravedad en su enfermedad y le insté encarecidamente se fuese conmigo a Córdoba a medicarse para su salud, contestándome que las circunstancias eran peligrosas y que él debía el sacrificio de su vida a la paz y tranquilidad común... Al acercarse la primavera, encontrándose el Ejército en Capilla del Pilar (departamento Río Segundo), los jefes se alarmaron grandemente cuando comprobaron el estado del General y se dirigieron al Dr. Castro, quién mandó al Dr. Francisco de Paula Rivero". La hidropesía había avanzado bastante y Castro le volvió a insistir para que se cuidara. Belgrano le contestó : "La conservación del ejército depende de mi presencia, sé que estoy en peligro de muerte, pero aquí hay una capilla en donde se entierran los soldados, y... también se me puede enterrar a mí". Finalmente, en marzo de 1820, regresa a Buenos Aires y, para ello, su amigo José Balbín le prestó $ 2000. El camino de vuelta en carreta fue una tortura, debiendo hacer varias paradas, debido a los problemas renales, cardíacos y la hidropesía, que no le daban paz. Lo acompañó el Dr. Redhead (su médico en batalla). Al llegar, éste convocó al Dr. John Sullivan, para que lo atendiera en Buenos Aires. Pero Belgrano estaba solo y enfermo y, su amigo Balbín contaba : " Se vió abandonado de todos el General Belgrano, nadie lo visitaba, todos se retraían a hacerlo". El 9 de junio recibió una de sus últimas visitas : Gregorio Aráoz de Lamadrid, quién contó : "Encontré al General sentado en su poltrona y bastante agobiado por su enfermedad. Mi visita lo impresionó en extremo, no menos que a mí la suya y, apenas se tranquilizó, tiró con su mano de la gaveta de un escritorio que tenía a espaldas de su silla y, sacando los apuntes de mi campaña que yo había escrito en el Fraile Muerto en el año 1818, por orden suya, me los alcanzó diciendo : éstos apuntes los hizo muy a la ligera, es menester que usted los recorra y detalle más prolijamente y me los traiga. Con mucho gusto complaceré a mi General, le dije y los guardé". Sin dudas, Belgrano no pudo con su genio ante Lamadrid, a pesar de que su final estaba cerca. Falleció el 20 de junio de 1820, a las 7 de la mañana. El médico John Sullivan, sin que nadie lo pidiera, le realizó una autopsia al cuerpo. En el informe detalló : "Después de haber sacado una cantidad de agua del abdomen con un trócar, reconocí distintamente con el tacto un tumor duro y penetrante en la región del epigastro derecho (cavidad que contiene al estómago)...". Finalizó diciendo : "...en una palabra la estructura del hígado y sus apéndices presentaron una causa formidable de enfermedad... había igualmente aumento de volumen del bazo y el hígado... Los intestinos estaban distendidos con aire y los riñones ofrecían una desorganización y dureza al tacto, que se extendía alguna distancia en el curso de los uréteres... el corazón tenía la forma de dos puños... los pulmones en un estado de colapso, que apenas excedían en circunferencia el tamaño de la mano y nadando en agua...". Lapidario y contundente informe, el General estaba destruído por dentro. Solamente el periódico "El Despertador Teofilantrópico", dirigido por el Padre Castañeda, publicó la noticia de su deceso el 22 de agosto... dos meses después...!!! Ningún otro periódico se hizo eco de la infausta noticia (entre ellos "La Gazeta" y "Argos"). Los funerales se realizaron recién el 27 y 28 de julio, debido a que el hermano sacerdote del prócer, Domingo Estanislao Belgrano, esperó pacientemente y, sin éxito el anunciado propósito del Cabildo de celebrar exequias oficiales. El funeral se hizo en el convento de Santo Domingo, previo pago de $ 102, asistiendo solamente sus hermanos, sobrinos y algunos pocos amigos. Fue vestido con un hábito de los dominicos y puesto en un ataúd de pino cubierto con un paño negro. Lo taparon con cal y fue enterrado en el atrio del Convento de Santo Domingo, el 27 de junio (una semana después de su muerte). Como mármol de la tumba se usó la de un mueble de uno de sus hermanos. En Europa, el 5 de diciembre, el periódico francés "Moniteur Universal ou ta Gazzette Nationale" de París, anunció su muerte con un texto incomprensible, insólito y penoso : "El General Belgrano, comandante del Ejército Patriota contra el ejército realista, ha muerto. Se le creía poco afecto a la causa de la libertad y el honor de su país". Una absoluta falta de respeto. Al año siguiente, el 29 de julio de 1821, seguramente con un alto sentimiento de culpa y negligencia, el gobernador porteño Martín Rodríguez mandó a realizar los funerales que Belgrano merecía. Desde su casa hacia el Convento, un cortejo marchó en procesión. En cada esquina se detenían para hacer una plegaria. Todos estaban vestidos de luto o con un brazalete negro y las banderas estaban a media asta. Cada media hora se disparaba una salva de cañón. Las actividades comerciales fueron suspendidas (como si fuera un feriado) y casi no había gente en las calles. En tanto, por los servicios prestados anteriormente (en las campañas), al Dr. Redhead le pagaron $ 3000 (parte de ese monto en alhajas y muebles). Antes de morir y, en agradecimiento, no sólo por sus servicios, sino por su amistad, Belgrano le regaló a Redhead un reloj de bolsillo de oro y esmalte, con cadena de 4 eslabones con pasador. Tenía grabado su monograma (MB). Tal joya le había sido obsequiada por el rey Jorge III de Inglaterra. Lamentablemente, el reloj fue robado en 2007 del Museo Histórico Nacional, donde era exhibido en una vitrina. Por su parte, el Dr. John Sullivan cobró $ 305 y 4 reales en concepto de honorarios, de los cuáles $ 100 correspondían a la autopsia (que, como se dijo, no le había sido solicitada). Al principio no quiso cobrar, pero cuándo se enteró que el Gobierno había girado algo de dinero por sueldos atrasados, cambió de opinión. Ante tal giro en la situación, Domingo (hermano sacerdote de Belgrano), le planteó que le reclamase esa deuda al Dr. Redhead (quién lo había traído). Todo terminó en una demanda y escándalo judicial, que ganaría el médico. En 1865, la placa de mármol de la tumba fue cambiada por otra que consiguió el Jefe de Policía, Cayetano María Cazón. El ataúd permaneció allí hasta el 4 de septiembre de 1902, cuándo sus restos fueron exhumados. Una comisión especial, designada por el presidente Julio A. Roca, debía fiscalizar tal acto. La integraban el Ministro del Interior, Joaquín V. González, el Ministro de Guerra, Pablo Riccheri, el prior del convento, Fray Modesto Becco y dos descendientes : Carlos Vega Belgrano y el subteniente Manuel Belgrano. Al exhumar, aparecieron trozos de madera, clavos de bronce y huesos del esqueleto de Belgrano. Los restos humanos fueron colocados en una bandeja de plata, sostenida por el prior. El Diario "La Prensa" y la revista "Caras & Caretas", que registraron el hecho (incluso fotográficamente), publicaron : "Llama la atención que el escribano del Gobierno de la Nación no haya precisado en éste documento los huesos que fueron encontrados en el sepulcro; pero no es ésta la mayor irregularidad que es permitido observar en éste acto, que ha debido ser hecho con la mayor solemnidad para honrar al héroe más puro e indiscutible de la época de nuestra emancipación, y también es necesario decirlo, para honrar nuestro estado actual de cultura... Entre los restos del glorioso Belgrano, que no habían sido transformados en polvo por la acción del tiempo, se encontraron varios dientes en buen estado de conservación, y admírese el público, esos despojos sagrados se los repartieron buena, criollamente, el Ministro del Interior, Joaquín V. González y el de Guerra, Pablo Riccheri. Ese despojo hecho por los dos funcionarios nacionales que nombramos, debe ser reparado inmediatamente, porque esos restos forman una herencia que debe vigilar severamente la gratitud nacional; no son del gobierno sino del pueblo entero de la República y, ningún funcionario, por más elevado e irresponsable que se crea, puede profanarla. Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su grandiosa vida de los dineros de la Nación y, que el escribano labre un acta con el detalle que todos deseamos y que debe tener todo documento histórico". Lamentable y bochornoso por donde se lo mire. El escándalo de la apropiación de los dientes de Belgrano (ante la atónita mirada del sacerdote) se conoció gracias a la publicación y denuncia de éstos medios. Ante la indignación y reproche general, los acusados devolvieron las piezas dentarias, argumentando excusas inverosímiles y ridículas. González dijo que los llevó para mostrárselo a varios amigos y Riccheri, obsecuente, expuso que los llevó para presentarlo al Sr. General Bartolomé Mitre. Caras & Caretas, fiel a su estilo, publicó una caricatura, titulada "Los ministros odontólogos", donde se ve a Belgrano levantarse de su tumba, señalando a los ministros "ladrones" y, vociferando : "¡ Hasta los dientes me llevan ! ¿ No tienen bastante con los propios para comer del presupuesto ?". Más allá de eso, hubo un detalle que pinta de cuerpo entero la humildad del Creador de la Bandera : no quiso que sus restos fueran sepultados en el interior de la iglesia dominicana (donde estaban sus padres y algunos hermanos), sino junto a la puerta y de la parte de afuera. Belgrano fue uno de los últimos que recibieron sepultura en el Convento de Santo Domingo (práctica que después cayó en desuso). Finalmente, el 20 de junio de 1903, se inauguró el Mausoleo donde descansan sus restos en el Convento de Santo Domingo.                                    Manuel Belgrano, uno de los más grandes próceres de la Patria, murió sumido en la pobreza y el olvido. El Estado Nacional le debía 18 sueldos y el premio de $ 40.000 por los triunfos de Salta y Tucumán. A ese premio (otorgado por la Asamblea del año XIII) lo destinó para la construcción de 4 escuelas públicas, ubicadas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, preocupado por la ausencia de establecimientos educativos en esas zonas, lo que impedía a los niños/as alfabetizarse. También redactó un moderno reglamento para éstas escuelas, entre las que se destacaba en su 1° artículo que "un maestro de escuela debe ser bien remunerado por su tarea, de las más importantes de las que se puedan ejercer". Todo un visionario... aunque la historia y los gobernantes nunca le hicieron caso. Sin embargo, el dinero fue usado por el Triunvirato y otros gobiernos posteriores a otros asuntos y, las escuelas nunca se construyeron. Tuvieron que pasar más de 150 años para que se construyera la primera en Tarija, en 1974. Le siguió la de Tucumán en 1998 y, por último la de Jujuy en 2004. Falta construír aún la de Santiago del Estero... sin fecha de inicio. Como ironía del destino, el día de su muerte hubo 3 gobernadores diferentes el mismo día (Idelfonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y el Cabildo) en Buenos Aires, sumida en una severa crisis institucional. Todos los trastornos en su enfermedad, agonía y muerte, sin dudas fueron producto del olvido de todos : el gobierno por el que peleó, los "supuestos" amigos que lo dejaron solo y, también su descuido personal en beneficio de la Patria. Sólo medio siglo vivió Belgrano, pero todo ese tiempo le alcanzó para ser uno de los grandes héroes del país. Sin dudas, sus últimas palabras reflejan ese amor por su tierra natal : "Pienso en la eternidad, adónde voy, y en la tierra querida que dejo... Ay Patria mía..."

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