FRANCISCO LAUREANA, EL MAYOR ASESINO SERIAL DEL PAÍS

Existen "personajes sorprendentes", llenos de vicisitudes y circunstancias personales que los hacen únicos. En materia criminal, uno de los casos más dignos de estudio son los llamados "asesinos seriales"... ¿ Pero qué es un asesino serial ? Aquel o aquella que sigue un mismo patrón de conducta a la hora de realizar su crimen. Su "modus operandi" ha sido siempre igual... como en una fábrica, cuándo se elaboran productos iguales en cantidad, es una producción en serie... de allí su nombre. En la entrega de hoy, conoceremos la historia de, quizás , el mayor asesino serial argentino, aunque no tan famoso como otros célebres criminales, como "El Petiso Orejudo", Robledo Puch o los Puccio. En éste caso se trata de Francisco Antonio Laureana, un depravado que asesinó 15 mujeres y violó otras 10, allá por los años 70. Nació en Corrientes, en 1952. Estudió como interno en un colegio católico de la capital correntina. Dicen que en esa institución violó y ahorcó a una monja en las escaleras de la escuela y... la dejó colgando. Para no despertar sospechas, en julio de 1974, a los 22 años, huyó de su provincia y se marchó a Buenos Aires. Allí, se desempeñó como artesano, dónde trabajaba con la madera, confeccionando aros, pulseras y collares que luego vendía en ferias y puestos callejeros. Otra de sus especialidades era tallar figuras gauchescas, ceniceros y caballitos, lo que le demandaba, a veces, horas de trabajo. Los puesteros, que compartían con él las ventas, lo definían como "huraño, callado, de mirada torva y analfabeto". Aunque era corpulento, tenía manos pequeñas. Como todo litoraleño, le gustaba el chamamé y, además, era "fan" de Palito Ortega. Era de llorar cuándo veía películas que lo conmovían. Su preferida era "Crónica de un niño solo", de Leonardo Favio. En ese año, se casó con María Romero, quién tenía 3 hijos de una relación anterior. Tenía una doble personalidad, pues cuándo salía de su casa le pedía a su esposa que cuidara a sus hijos, a quiénes les contaba cuentos de hadas o jugaba con ellos. A su mujer le advertía al salir : "Amor, traten de no salir a la calle con los nenes. Andan muchos locos sueltos. Hasta yo tengo miedo". Pero, al parecer, lo sucedido con la monja en Corrientes era un patrón de conducta. Su obrar consistía en someter a las mujeres con una fuerza tal que las inmovilizaba. Luego, abusaba de ellas y las mataba a tiros o las estrangulaba. Ello ocurría todos los miércoles y jueves cerca de las 6 de la tarde, una mujer o una niña desaparecían de la ciudad y luego sus cuerpos aparecían sin vida, tirados en un baldío. Se movilizaba en un Fiat 600. Al elegir la víctima, dejaba el coche estacionado en alguna calle cercana y la tomaba desprevenida en la parada del colectivo o cuando tomaba éstas tomaban sol en los inmensos chalets de la zona. Si era una menor, la sorprendía cuando salía a jugar. En una entrevista a la revista "Perfil", el forense Osvaldo Raffo, contaba : "Su comportamiento era como el de un asesino serial. Se quedaba con souvenirs de sus víctimas (cadenitas, pulseras, corpiños), los que guardaba en una caja o en una de sus botas. En el colmo del cinismo, rememoraba sus asesinatos, poco tiempo después de cometerlos. Es decir, pasaba por el lugar de los hechos y gozaba viendo la escena del crimen. Según las pericias, Laureana "carecía absolutamente de afectividad... y después de cometer un crimen, solía invadirlo un vacío que superaba cometiendo otro crimen". De ésta forma abusó y asesinó a 15 mujeres. Por la zona en que actuaba, se lo conocía como "El sátiro de San Isidro". Algunos testigos oculares, que lo vieron merodear, lograron armar un identikit del "Sátiro" : Estatura : 1,70 metros. Cabello : castaño, semi- claro, con las puntas aclaradas. Patillas : cortas, regularmente recortadas. Peso : 73 kgs.  Andar : ágil y esbelto. Acento : norteño o de país limítrofe. Calzado : suele usar zapatillas azules, con suela de goma blanca. Cutis : oscuro, casi cobrizo. Fué entonces que llegamos al 27 de febrero de 1975 y, una mujer que vivía en un chalet de la calle Tomkinson, estuvo a punto de convertirse en la víctima N° 16. Laureana, acechaba afuera buscando el momento de atacar, cuándo una nena de 8 años se cruzó con él y lo encontró parecido al hombre de la foto (en realidad, el identikit) que su mamá había pegado en la puerta de la heladera de su casa. "Mirá, el que mata nenas", le habría dicho la menor a su madre cuando lo vió. Su advertencia desencadenó el último acto del criminal. La mujer, simuló llamar a su marido y llamó a la policía. Laureana pasó frente a ellas, sonrió y siguió de largo. Pocas cuadras más adelante los uniformados lo encontraron y, le pidieron que los acompañase para interrogarlo. Según el informe policial, Laureana sacó de una bolsa un arma y abrió fuego contra ellos. Se desató un tiroteo en el que recibió un balazo en el hombro que lo dejó herido y, se fugó. Se escondió en un gallinero que estaba al fondo de una vivienda cercana. Aquí entra en escena "Rina", la perra de Carlos Sandoval, el peón que cuidaba la mansión de la calle Esnaola 666. El animal iba y volvía nervioso, sin dejar de ladrar, entre su dueño y un galpón que tenía al fondo de la vivienda, al que usaba como gallinero. Sin dudas, la perra había "marcado" a su  dueño que había algo raro en ese lugar. Al acercarse al lugar, la policía al verlo, no dudó y... lo acribilló. Después se habrían lamentado por haberlo matado, pues se quedaron "con la espina" de interrogarlo para saber el porqué de sus crímenes. "Volvió a dispararnos y no tuvimos más remedio que darle muerte. Fué una pena, porque la idea era apresarlo vivo para que contara sus crímenes y que le pasaba por su mente", fué la particular versión dada por la policía. A su lado, había 2 gallinas muertas, aunque nunca se supo si murieron cuando le dispararon o habría sido Laureana, en quizás, su último ajusticiamiento. Además, en su bolso encontraron una pistola calibre 765, otra "Beretta", un revólver 32 y un pistolón calibre 14. A pesar de las pruebas de lo ocurrido, su mujer nunca desconfió de él, ni siquiera cuando los policías le mostraron la 6° edición de "La Razón" con el artículo que daba cuenta del tiroteo en el que murió abatido, acusado de cometer violaciones y asesinatos a mujeres y menores. "Acá tuvo que haber un error", increíblemente dijo. Y siguió : "Mi marido no pudo haber hecho todo eso. Era un buen padre, un buen marido, un artesano que amaba lo que hacía". Sólo dijo que "él manejaba como un loco su Fiat 600. Se creía Di Palma". Para ella, su mirado era "un perejil". Laureana tenía solo 22 años cuándo murió y, el diario "La Nación" tituló en forma extensa : "Con el auxilio de un perro y luego  de 2 tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en 6 meses". Existe una foto tremenda, impactante, del cadáver de Laureana, con todos los impactos de bala en su cuerpo, con mucha sangre y los ojos abiertos, mientras el forense Osvaldo Raffo le efectúa la autopsia. Francisco Antonio Laureana, el hombre de dos caras, cariñoso y ejemplar padre en su hogar por un lado y el frío asesino serial de mujeres y niñas por el otro. Su nombre tal vez no es tan recordado, tal vez por las fechas en que actuó, en plena ebullición social, previa a la última dictadura militar. ¿ Qué inspiraba a Laureana a actuar de tal forma ? Se llevó su secreto a la tumba. No tuvo ni le dieron tiempo en su última defensa, de la misma forma en que él tampoco se lo dió a sus víctimas... El asesino serial, murió en su ley...

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