HORACIO QUIROGA... EL POETA QUE FUE ELEGIDO POR LA MUERTE

Hay vidas y existencias signadas por la tragedia. Ese manto oscuro que, como una señal ya establecida, se ensaña con algunas personas de manera increíble. Y no existe, tal vez, una explicación racional cuándo se suscitan una cadena de hechos desgraciados en la vida de una persona que, parece no tener fin. En la entrega de hoy, el protagonista sufre un sinfín de sucesos negativos y trágicos que lo llevaron al abismo. Horacio Silvestre Quiroga Forteza, conocido en el ámbito literario simplemente como Horacio Quiroga, nació en Salto (Uruguay), el 31 de diciembre de 1878. Su sino trágico se revelaría a muy temprana edad y de una forma cruel. Cuándo tenía 2 años, presenció el momento en que su padre, Prudencio Facundo Quiroga (descendiente del "Tigre de los Llanos") se disparó accidentalmente con su escopeta cuándo descendía de una embarcación, luego de una jornada de caza. Su madre, la uruguaya Pastora Forteza, solo atinó a lanzar un desgarrador grito y proteger con su cuerpo al pequeño ante el dantesco cuadro. Luego, se mudaron por 4 años a Córdoba y, en 1884 volvieron a Montevideo, dónde Horacio terminó la secundaria. Su madre rehizo su vida y, en 1891, se casó con Mario Ascencio Barcos, quién mantuvo una excelente relación con él. Sin embargo, otra vez lo sombrío : su padrastro, víctima de un derrame cerebral, que le dejó como secuela la pérdida del habla y una hemiplejía que lo postró en una silla de ruedas, cansado de tanto sufrimiento, se disparó en la boca con una escopeta, usando sus pies, justo en el momento en que Horacio entraba a su habitación. En su juventud fué asistente de talleres de formación del Instituto Politécnico y, en la Universidad de Montevideo aprendió varias labores, pero nunca tuvo la intención de graduarse. Con 19 años, se vislumbraba su veta de escritor, ya que tenía escritos 22 poemas (que en la actualidad se conservan) y, colaboraba en los diarios "La Revista" y "La Reforma". En 1898, a los 20 años, inspirado en María Esther Jurkovski, de quién se  había enamorado, escribió "Una estación de amor". En 1899 fundó la "Revista de Salto", la cuál tuvo que cerrar pronto, ya que fué un fracaso rotundo. Al año siguiente y, gracias a la herencia paterna (su padre biológico fué vicecónsul argentino en Uruguay), viajó a Europa, dónde en París, se codeó con lo más granado de la cultura, entre ellos Rubén Darío. Su aventura europea, que duró 4 meses, quedó plasmada en el "Diario de viaje a París", editado en 1900. Sin embargo, volvió totalmente desaliñado : harapiento, sin un peso y con un tupida barba, que lo acompañaría por el resto de su vida. Impulsado por su cuñado, inicia la carrera de pedagogía. En 1901, junto a sus amigos Federico Ferrando, Alberto Brignole, Julio Jaureche, Fernández Saldaña, José Hasda y Asdrúbal Delgado, funda el "Consistorio del Gay Saber", una especie de laboratorio literario experimental, dónde todos ellos probarían nuevas formas de expresarse, basándose en objetivos modernistas. Ese año aparece su primer libro : "Los arrecifes de coral", dedicado a su íntimo amigo Leopoldo Lugones. La alegría se vió opacada por la tragedia, que no lo dejaba en paz. En una ocasión, su amigo Federico Ferrando, estaba por batirse a duelo con el periodista uruguayo Germán Papini Zas, quién lo había destrozado con su crítica. Quiroga quiso acompañarlo y, mientras  revisaba y limpiaba el arma, ésta se disparó accidentalmente impactando en la boca de Ferrando, quién murió en el acto. Fué detenido, interrogado y encarcelado por la policía. Tras 4 días preso, fué liberado, al constatarse que el homicidio fué involuntario. El año terminó para él de la peor manera, pues  sus hermanos Prudencio y Pastora, murieron de fiebre tifoidea en Chaco. Tras éstos sucesos, disolvió el Consistorio y se radicó en Buenos Aires, en la casa de su hermana María, dónde terminó la carrera de pedagogía e ingresó a trabajar como profesor de castellano en el Colegio Británico y también en el Colegio Nacional, en 1903. Publicó sus cuentos en "Caras & Caretas", "Tipos y tipetes" y "TPB". Ese mismo año, se unió como fotógrafo de Leopoldo Lugones, en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación de la Nación (querían investigar las ruinas jesuíticas de San Ignacio). Esa experiencia lo "enamoró" de Misiones y, en 1906, con un crédito, compró una chacra de 185 hectáreas sobre el Alto Paraná. Finalmente se trasladaría allí, tras casarse en 1908 con Ana María Cires, una ex alumna suya, de sólo 16 años. La unión fué complicada, pues se vió casi obligado a rogar a los padres de su esposa a avalar el matrimonio. Tras la aceptación, sacó licencia de su trabajo y se fueron a vivir allí, dónde tuvieron 2 hijos, Egle nacida en 1911 y Darío, un año después. Construyó una casa de madera, dónde incluyó un taller y otra de piedra para su suegra, que no quiso dejar sola a su hija. Quiroga decidió ocuparse él mismo de la educación de sus hijos. En Misiones se desempeñó como juez de paz en San Ignacio, a la vez que cultivaba yerba mate y naranjas. Pero era muy desprolijo en su trabajo, ya que en el colmo del desorden, anotaba los nacimientos y defunciones en papelitos que guardaba en una lata de galletas. También escribió su libro "Historia de un amor turbio", dedicado a su esposa. Sin embargo, la vida en tierra misionera no le agradaba para nada a su mujer, no era feliz, extrañaba la vida porteña y, entró en una crisis depresiva que la llevó a suicidarse ingiriendo uno de los líquidos que su marido usaba para el revelado fotográfico, en 1915, tras agonizar 8 días, en los que Quiroga estuvo a su lado. Tenía sólo 25 años y fue sepultada en el cementerio de San Ignacio. No podía creer como la muerte lo perseguía sin dejarlo en paz. Por el dolor causado, estuvo 1 año sin escribir. Regresó a Buenos Aires para trabajar como Secretario Contador en el Consulado de Uruguay, pero vivía con lo justo en un sótano, con sus hijos. Al cobrar el primer sueldo, se mudó a un departamento y luego a una vieja casa en Olivos.  En 1917 escribe una de sus mejores obras : "Cuentos de amor, locura y muerte", un verdadero éxito editoral, con excelentes críticas y, al año siguiente un edita un clásico de todos los tiempos, "Cuentos de la selva". En 1920, salió a la luz "El salvaje" y su única obra teatral "Las sacrificadas". Luego aparecieron "Anaconda", en 1921, "El Desierto", en 1924 y "Los Desterrados", en 1926. Además, hacía críticas de cine en los diarios "El Hogar", "La Nación" y "Atlántida". En el medio tuvo una estrecha relación con la poetisa Alfonsina Storni, a quién le propuso irse a vivir a Misiones. Ella, indecisa, le consultó a su amigo, el pintor Benito Quinquela Martín, quién le bajó el pulgar a la propuesta, diciéndole : "¿ Con ese loco ? ¡ Noo ! " . Enamoradizo incurable, fijó sus ojos en otra alumna, Ana María Palacio, de 17 años, pero los padres de ésta se opusieron tenazmente a la relación y se mudaron para alejarla de él. En 1927 escribe su famoso "Decálogo del perfecto cuentista", dónde reunía consejos y orientaciones para jóvenes escritores sobre el género. Allí también resumía su estilo propio : una prosa precisa, estilizada y contundente, que lo convirtió en un maestro del relato breve. Su obra, bastante influenciada por un "peso pesado" como Edgar Allan Poe, se basó en el terror y la alucinación. Otros autores que dejaron huella en sus escritos fueron Kipling y Conrad. Ese año se casó con María Elena Bravo, compañera de su hija Egle, de 20 años (le llevaba casi 30 años), con quién tuvo una hija, María Elena, a quién llamaba "Pitoca", y... cómo solía hacer, volvió a radicarse en Misiones, llevando a su familia, dónde se dedicó a la floricultura. Debido a un cambio de gobierno no le permitieron trasladar su cargo de secretario en el Consulado General de Uruguay. En 1935, publica el libro de cuentos "Más allá", dónde, como se dijo, reúne una atmósfera de alucinación, crimen y locura situado en la naturaleza salvaje de la selva misionera. Su esposa, como era de esperar, no se acostumbró a la vida allí y, decidió regresar a Buenos Aires. En esa época había perdido peso y sufría crónicos y agudos dolores renales. Viajó a Buenos Aires para ser tratado y se internó en el Hospital de Clínicas. Allí le diagnosticaron cáncer gástrico y de próstata. A pesar de la separación, su esposa y su hija lo acompañaron en su convalecencia. El hospital era su casa y, los médicos le comunicaron que su pronóstico era irreversible. No pudo superar psicológicamente su dolencia y planeó su final. Pidió dar un paseo y regresó a la noche, tras comprar polvo de cianuro, que ingirió en su habitación. Murió al día siguiente, el 19 de febrero de 1937, a los 59 años. No tenía un peso para el sepelio y, el mismo se hizo gracias al aporte de Natalio Botana, dueño del Diario "Crítica"  y sus hijos. Fué velado en la Sociedad Argentina de Escritores, que él mismo había colaborado en fundar. Sus restos fueron llevados a Uruguay, donde se lo despidió con honores. Alfonsina Storni habló sentidamente en esa ocasión : "Morir cono tú, Horacio, en tus cabales, y así como en tus cuentos, no está mal; un rayo a tiempo y se acabó la feria... allá dirán". La tragedia siguió tocando su puerta, aún después de quitarse la vida, pues tomaron la misma decisión su amigo Leopoldo Lugones y la propia Alfonsina en 1938 y sus hijos, Egle ese mismo año y Darío lo haría en 1952, en un "ataque de desesperación". María Elena, su última hija, se suicidó en 1988. Horacio Quiroga, el poeta al cuál le tragedia y la desgracia lo persiguieron siempre, en sus últimas cartas a su amigo Martínez Estrada, escribió : " Ando con una depresión muy fuerte, motivada por el atraso en mi precaria salud... Cama otra vez, harto de leer, y con el horizonte muy nublado... Casi cinco meses de hospital son mucho... Escríbame cuándo le haga falta desahogo como es mi caso". Nunca quiso estar solo y cuándo comenzó a estarlo, lo expresó, a manera de despedida : "Voy quedando tan, tan cortito de afectos e ilusiones, que cada uno de éstos que me abandona se lleva verdaderos pedazos de mi vida"...  Horacio Quiroga no fué un escitor maldito, podría decirse que fué maldecido, porque la muerte lo eligió a él...

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