TRAGEDIA DEL RIACHUELO, EL TRANVÍA QUE SE HUNDIÓ EN EL RIACHUELO
Argentina, tierra de amor y venganza, reza el nombre de una ficción televisiva actual. Argentina también es tierra de grandes tragedias, producidas por la negligencia y la burocracia, tanto estatal como privada. Los servicios públicos de transporte son una prueba fehaciente de que, cuándo los controles estatales fallan, sobreviene una tragedia. Podemos citar como caso emblemático la denominada "Tragedia de Once", ocurrida en 2012, dónde una formación ferroviaria de la línea Sarmiento que estaba llegando a la estación de Once, no detuvo su marcha, golpeó contra el paragolpes de contención y provocó la muerte de 51 pasajeros. No hubo un acuerdo total si hubo falla humana, pero sí quedó establecido que hubo fallas en el mecanismo de frenos, producto de la nula mantención mecánica de la unidad. Algo parecido sucedió en 1930 con el servicio de tranvías, que dominaba el espectro de transporte de pasajeros de la época. Nos situamos en la fría mañana del 12 de julio de 1930. Hay una densa niebla que dificulta en parte la visión. El protagonista es el tranvía 105, interno 75, que cubría el trayecto desde Lanús hasta Plaza Constitución, perteneciente a la Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur. Partía de la actual calle Hipólito Yrigoyen (no se llamaba así en esa época, pues el caudillo radical era el Presidente), tomaba por calle Piñero, cruzaba el barrio de Barracas y finalizaba en Lima Oeste. Estaban sus 36 asientos ocupados, muchos pasajeros iban parados y, un par de temerarios iban colgados del estribo, soportando el intenso frío. La mayoría eran trabajadores que se dirigían a cumplir sus labores en las fábricas y frigoríficos de la zona. Faltaba un día para el inicio del 1° Mundial de Fútbol en Uruguay y, ese era el tema central de conversación en el pasaje. El "motorman" era el italiano Juan Vuscio, casado, 31 años, 3 hijos, residente en el barrio de Gerli. Había sido contratado un par de meses antes y, éste era uno de sus primeros recorridos (más precisamente el tercero). En éste viaje era asistido por el guarda Ángel Rodríguez. Faltaba poco para llegar al Puente Bosch, sobre el Riachuelo y, debido a que el tranvía iba repleto, el conductor decidió no detenerse en las últimas paradas, pues "ya no cabía un alfiler". Además de la niebla, había una tenue llovizna. El puente a cruzar era levadizo, para permitir que cruzasen las barcazas que navegaban en el Riachuelo. Una luz roja indicaba cuando el puente estaba levantado. En ese momento, minutos después de las 6 de la mañana, estaba por cruzar la lancha petrolera Itaca II. El responsable de la garita del puente, Manuel Rodríguez, de pronto vió como el tranvía se acercaba a una velocidad inusual. Intuyó que el conductor no frenaría. En vano fueron sus gritos y advertencias que el "motorman" no escuchó ni percibió. Con estupor vió como el tranvía caía al Riachuelo. Dos o tres que venían colgados del estribo, ante el inminente peligro, se arrojaron al pavimento. El tranvía cayó y quedó clavado en el fondo del Riachuelo, sobresaliendo solo un pedazo de la parte trasera. Hubo 56 muertos (otros datos indican 58), pereciendo ahogados o como consecuencia del tremendo golpe. Cinco personas sobrevivieron, 1 mujer y 4 hombres. Participaron del rescate de los cuerpos, buzos de Prefectura Nacional, policías de la Comisaría 32 de Las Flores, personal de Comisarías 1° y 2° de Avellaneda y Bomberos Voluntarios de Lanús, Avellaneda, Lomas de Zamora, Villa Domínico y La Boca. El último cadáver rescatado, por su ubicación, fue el del conductor. Todos los cuerpos fueron trasladados a la morgue de la isla Demarchi, ubicada frente a la Dársena Sur. Al día siguiente, las grúas del Ferrocarril Sud y del Ministerio de Obras Públicas, sacaron el tranvía del fondo del río. Consumada la tragedia, mientras rescataban cuerpos y al tranvía, se acercaron al lugar el intendente José Cantilo, el jefe de la policía, Coronel Graneros, el gobernador de la provincia, Rodríguez Yrigoyen y el intendente de Avellaneda, Alberto Barceló. También, como no podía ser de otra manera, los medios de comunicación de la época cubrieron el hecho, destacándose el enviado del famoso diario "Crítica", el poeta Raúl González Tuñón, quién escribió una imperdible crónica, llamada "El último sandwich", cuyo protagonista era la víctima más joven de la tragedia, quién en un bolsillo de su saco llevaba un sandwich de milanesa. El texto dice así : "Uno de los cadáveres extraídos era el de un chiquilín como de 14 años. Obrerito joven. La muerte lo sorprendió tiritando de frío en un rincón del tranvía. Nadie lo reconoció en el momento de ser sacado de las aguas...¡ Quién sabe si ese chiquilín no tenía más familia que una abuelita vieja, a la que debe mantener con sus pobres jornales...!! Cuando levantaron ese cuerpecito liviano, llamó la atención lo abultado de uno de los bolsillos de su saco. Ese bulto resultó ser un sandwich, un pan francés abierto en dos, llevando adentro una milanesa, seguramente sobra de la comida del día anterior. Ese sandwich era el único almuerzo de la infeliz criatura. Cuando se lo sacaron del bolsillo, ese sandwich, último sandwich de quién sabe cuántas jornadas de hambre tuvo el presagio de arrancar más de una lágrima". Después se supo que su nombre era Leonardo Puma. Por su parte, la famosa revista "Caras & Caretas" titulaba : "Siniestra trampa de la muerte, el puente tranviario que cruza las aguas cenagosas se abrió como un cauce hambriento, devorando más de 50 vidas encadenadas en la espantosa angustia". Ese mismo sábado, en la Catedral de Avellaneda, se ofreció una misa en memoria de las víctimas. Tal era el impacto que produjo la tragedia que asistió el presidente Yrigoyen y su vicepresidente, además del intendente Barceló. También se realizaron colectas para ayudar a las viudas y huérfanos que quedaron desamparados. Según el informe de la Dirección Federal de Ferrocarriles, se determinó que la tragedia se produjo por una falla mecánica debido a que el comando que accionaba el freno se encontraba defectuoso por el desgaste del uso. Además se atribuyó responsabilidad " por absoluta negligencia de la empresa propietaria que no tenía entre sus hábitos el control mecánico de sus unidades y a la ausencia de fiscalización del Estado". La empresa hizo lo imposible por desligarse del accidente, a tal punto que las indemnizaciones a los familiares de las víctimas se pagaron... 10 años después. El puente levadizo había sido construído por la propia empresa de tranvías, en 1908. No hubo condena penal y nadie fué preso. Las acciones civiles finalizaron en 1943 y las indemnizaciones las terminó pagando la Corporación de Tranvías, con irrisorios montos entre $ 300 y $ 1500. Al infortunado Juan Vescio, "motorman" del tranvía, fué al único que le practicaron una autopsia, la cuál reveló que no tenía restos de alcohol. La causa de su muerte fue ahogamiento, como la mayoría de las víctimas. El juez Jantus, a cargo de la causa, ordenó liberar al encargado de la garita, por falta de mérito. La única mujer sobreviviente, Gabina Carrera, quién iba a trabajar a una fábrica de fósforos, cuenta la espantosa experiencia : "Sé que salí, pero no me explico como. Me lastimé en la frente y en la mano, seguramente al cortarme con un vidrio, porque las ventanillas estaban cerradas por el frío y, yo debo haber roto alguna para salir". Otro sobreviviente, Remigio Benadassi, de 56 años, contó : "Fué tan rápido que apenas pude reaccionar. Estaba braceando en el Riachuelo luego de golpearme con el vidrio de la ventana del tranvía". Pero el colmo de los colmos fué que el tranvía siniestrado, luego de ser rescatado del lecho del Riachuelo, fué refuncionalizado, se le cambió el número de interno a 275 (antes N° 75) y... volvió a circular hasta la década del ´40... ¡¡ Fué la mayor tragedia tranviaria de la historia argentina, con todas víctimas de origen humilde, sin recursos como para iniciar acciones judiciales contra nadie. La llovizna y la niebla fueron factores desencadenantes de lo ocurrido, además de la desesperación y poca experiencia del conductor ante lo que se venía, que hizo que no se diera cuenta de desconectar la llave general para detenerlo. Conjeturas, conclusiones y reflexiones tal vez jamás comprobadas, de ésta tragedia. Además de un Estado ausente. Años después, se filmó la película "Dock Sur", que cuenta las vicisitudes de las familias de las víctimas para cobrar las indemnizaciones. Ésta es la crónica de una tragedia que marcó a toda la sociedad (sobre todo, porteña) de esa época, con una dosis inmensa de negligencia estatal... algo que, a pesar de los años y experiencias, se siguió repitiendo...
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