FACUNDO QUIROGA, CRÓNICA DEL ASESINATO DEL "TIGRE DE LOS LLANOS"
Nuestra historia vernácula está plagada de héroes y próceres provincianos que, justamente en su "pago chico" son casi intocables. La historia que nos enseñaron en la primaria y secundaria tiene un sesgo centralizado en la Buenos Aires poderosa de antaño (aún lo es). Así, sobre algunos personajes poco se sabe o no ha valorado su accionar, en un contexto nacional. El revisionismo histórico permitió conocer verdades contadas a medias u ocultas, que permitió terminar (aún no del todo) con un adoctrinamiento solapado y así conocer la verdad completa, o al menos verla desde otro punto de vista. Las guerras internas, posteriores a nuestra independencia, cuando el país era un caos y cada uno mandaba en su terruño, es muestra fiel de ello. La contienda entre unitarios y federales regó el país con sangre de compatriotas, quiénes imponían "su" verdad o razón con balas de plomo (San Martín decidió un exilio "voluntario" a Europa, porque no concebía pelearse (y matarse) entre habitantes de un mismo territorio). La introducción que usted acaba de leer, pone en contexto o situación, acerca de un trágico hecho que enlutó al país (más allá de las diferencias ideológicas) : el asesinato de Facundo Quiroga, el "Tigre de los Llanos", caudillo absoluto y héroe de La Rioja. En 1825, Quiroga, junto al caudillo cordobés Juan Bautista Bustos y el santiagueño Felipe Ibarra (todos federales), se oponen tenaz y enfáticamente al proyecto político unitario de Bernardino Rivadavia (luego presidente en 1826). El riojano, hábil estratega y guerrero, recurrió a las armas y se apoderó de Tucumán. Con su accionar y carisma, logró que también se sublevaran la región de Cuyo y el Noroeste. Era el turno de Córdoba, pero la "Docta" se resistió y, Facundo fué derrotado por el general unitario José María Paz en La Tablada, el 22 y 23 de junio de 1829 y, en Oncativo ocho meses después. Corre el año 1835, el país se desangra debido a las luchas intestinas antes mencionadas. Quiroga, en ese momento reside temporalmente en Buenos Aires, bajo el amparo de Juan Manuel de Rosas. Es su "hombre de confianza" en el interior, pero mantenían profundas diferencias respecto a la futura organización nacional. El riojano quería un gobierno nacional que distribuyera equitativamente a las provincias los ingresos de la Nación (reclamo obviamente apoyado por el resto de ellas). Por su parte, Rosas y los terratenientes porteños se oponían a perder el control exclusivo sobre las rentas del puerto y la Aduana. Sostenía que, en las provincias, no estaban dadas las condiciones mínimas para dar semejante paso y, consideraba que primero cada provincia debía organizarse. En otras palabras, no querían largar la "gallina de los huevos de oro". Los formidables ingresos aduaneros y portuarios le aseguraban un poderío económico sobre el resto de las provincias y, no estaban dispuestos a perderlo. Cualquier semejanza con la realidad actual es pura coincidencia... o no. Doscientos años después, la situación no ha variado mucho. Rosas le puso argumentos a su postura : "En el estado de pobreza en que las agitaciones políticas han puesto a los pueblos, quién ni con que fondos podrían costear la reunión y permanencia de ese Congreso, ni menos de la administración general. Fuera de que si en la actualidad apenas se encuentran hombres para el gobierno particular de cada provincia ¿ de dónde sacarán los que hayan de dirigir toda la república ? ¿ Habremos de entregar la administración general a ignorantes aspirantes a unitarios, y a toda clase de bichos ? Tajante, como en sus acciones, así era el pensamiento de Rosas sobre los caudillos, no dudaba de su coraje, valor y nacionalismo, pero los consideraba incapaces de administrar. Por lo tanto había una relación ambivalente entre Rosas y Quiroga, pero se respetaban. El riojano, astuto, nombró a la esposa del "Restaurador de las Leyes", Encarnación Ezcurra, como su representante comercial en Buenos Aires y le regaló uno de sus mejores caballos a Juan Manuel. En tanto, Rosas, quién no se quedaba atrás, manifestó a su mujer : "Mucho gusto tuve cuando supe que Quiroga te había hecho su apoderado. Éste es uno de sus rasgos maestros en política. Lo mismo con la remisión de un caballo en los momentos en que lo hizo". En 1834, estalla un conflicto entre Salta y Tucumán y, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Vicente Maza (que responde a Rosas), encomienda a Quiroga la misión de mediar entre ambas partes para zanjar el conflicto. Partió hacia allá y, cuando iba por Santiago del Estero, le comunicaron que el gobernador salteño, Pablo Latorre, había sido asesinado. Por ello, su presencia como mediador ya no haría falta y, regresó a Buenos Aires. Inquieto como era, quería regresar a su pago, a pesar de las advertencias de un atentado contra él. Rosas le manifestó que no era buena idea hacer ese viaje, incluso le ofreció una escolta para su seguridad y la posibilidad de tomar un camino alternativo. Pero la terquedad del riojano era una muralla y, le expresó a Rosas : "Quédese usted tranquilo señor gobernador, no ha nacido todavía el hombre que se atreva a matar al General Quiroga". Seguro de invencibilidad, partió sin escolta militar en su carruaje, acompañado por su "mano derecha" José Santos Ortiz (quién había sido gobernador de Córdoba entre 1820 y 1829 y, que lo acompañaba desde la derrota en Oncativo), un grupo de peones, 2 correos y 2 postillones (mozos que iban a caballo, delante del carruaje, para dirigirlo). Uno de ellos, era Juan José Basualdo, un niño de sólo 12 años, hijo del maestro de Ojo de Agua. Sin embargo, lo subieron al carruaje (tirado por 6 caballos) para que aprendiera el oficio. El vehículo, por orden de Quiroga, iba rápido. En una parada que hicieron en una posta, le advirtieron que lo esperaba una emboscada, cerca de Barranca Yaco, muy cerca de allí. Le ofrecieron caballos frescos para escapar en sentido contrario y así evitar una muerte segura. Pero Quiroga se negó y, con aire de suficiencia, expresó : "Con un grito mío, esa partida se pondrá a mis órdenes". En vano fueron los avisos, casi súplicas, del peligro inminente. Él mismo firmaba su sentencia de muerte. Son las 11 de la mañana del lunes 16 de febrero de 1835, el cielo está nublado, hace mucho calor. Al carruaje de Quiroga le faltaban 9 kms. para llegar a la posta de Sinsacate (cerca de Jesús María). Al llegar a una curva del camino, con un espeso monte de espinillos y talas de fondo, una partida de 32 hombres, comandada por el sicario Santos Pérez les corta el paso. Previamente, el gaucho Roque Juncos, al galope avisaba sobre la cercanía de Quiroga (además se habían distribuído varios hombres en otros puntos que, como chasquis, iban informando al otro puesto el pasaje del carruaje). El vehículo frenó en seco y, el caudillo, asomando su cabeza por la ventana, a viva voz exclamó :" ¿ Qué es lo que pasa ? ¿ Quién manda ésta partida ? "... Serían sus últimas palabras. De corta distancia le dieron un balazo en el ojo izquierdo y otro en el cuello. Inmediatamente, se desató una cruel matanza. Basilio Márquez subió al carruaje y le cortó el cuello al cuerpo ya sin vida del riojano, mientras Santos Pérez, que también subió, atravesó con su espada el cuerpo de José Ortiz. Todos y cada uno fueron degollados, pues la orden era no dejar testigos. El niño de 12 años, aterrorizado, pedía a gritos por su madre, pero no se atrevían a matarlo. Pérez, con frialdad sanguinaria, mató al que se negó a degollarlo y encomendó la tarea a otro, que sí lo hizo. Después, ocultos en el monte, se repartieron el contenido del equipaje, incluso llevándose ropa de los fallecidos... Luego soltaron los caballos y escondieron el carruaje que, tenía varios impactos de bala. Pero... no todos murieron, ya que los 2 correos que lo acompañaban, José Santos Funes y Agustín Marín, venían retrasados siguiendo el carruaje y, al escuchar los disparos, se escondieron en el monte y fueron testigos privilegiados del asesinato del "Tigre de los Llanos". Fueron ellos, quiénes luego dieron aviso en la posta de Sinsacate de lo sucedido. A la tarde llovía y, el juez de paz local, mandó a buscar los cuerpos de Quiroga y Ortiz. Los llevaron a la iglesia y allí los velaron. Al día siguiente, el cadáver de Facundo fué trasladado a Córdoba, dónde fué sepultado en la Catedral. Por su parte, la viuda de Ortiz pidió que llevaran el cuerpo de su marido a Mendoza. Dos días después del crimen, Santos Pérez entregó a José Reynafé, dos pistolas y un poncho de vicuña, pertenecientes a Quiroga. Reynafé, instigador del crimen, quiso borrar todo rastro que lo inculpara y, en un simulacro de brindis, intentó envenenar a Pérez con aguardiente mezclada con cianuro. Al parecer la dosis no fué lo demasiado potente, por lo que no hizo el efecto deseado y, el asesino escapó. Era incansablemente buscado, pues los correos que vieron el asesinato lo habían acusado. Fué atrapado al intentar ingresar a la ciudad para encontrarse con su novia, hija de Fidel Yofré, dueño de campos en el lugar. Uno de los encargados lo reconoció y lo denunció a la milicia rural. Acorralado, sin tener adonde ir, se entregó. Luego, al ser elegido gobernador de Córdoba, Pedro Nolasco Rodríguez, los hermanos Reynafé fueron detenidos (acusados de instigar el crimen), menos Francisco, que logró escapar. Los juzgaron en Córdoba e increíblemente (u obviamente, según como se lo interprete) fueron declarados inocentes. Indignado, Rosas, recurrió al Pacto Federal vigente y, ordenó un nuevo juicio en Buenos Aires, dónde luego de un largo proceso judicial, Santos Pérez y los hermanos Reynafé (José Vicente y Guillermo), fueron sentenciados a muerte, en mayo, al encontrarlos culpables de la muerte de Quiroga, y fueron fusilados (días antes, José Antonio había muerto en la cárcel). Los cadáveres de José Vicente Reynafé y Pérez, fueron colgados en la puerta del Cabildo, a modo de exhibición. Los otros inculpados también fueron ejecutados y algunos pocos terminaron en prisión. La muerte de Facundo consternó a Rosas (aunque hay teorías que lo inculpan), y se refirió a la situación : "Dorrego, Villafañe, Latorre, Quiroga y Ortiz, todos asesinados por los unitarios, pero ésto ni ha de ser bastante para los hombres de las luces y de los principios...¡ Miserables !... El sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en proporciones..." No se equivocaría... pues eso pasó. Juan Facundo Quiroga, el más grande héroe riojano (junto al "Chacho" Peñaloza), fué la antítesis de la grieta entre porteños y provincianos, entre unitarios y federales, a tal punto que Sarmiento lo describió (y humilló) en su libro "Facundo, civilización o barbarie", estableciendo una dicotomía, dónde el riojano era el ícono de la violencia. Quiroga quería un país justo, sin la mano opresora de la rica Buenos Aires (por eso su acercamiento a Rosas), sin embargo 200 años después esa desigualdad porteño - provinciana continúa. El prócer de las frondosas patillas, el carácter fuerte y la tonada campechana, pasó a la historia, aunque sin todos los merecimientos que debería tener. Desafió a la muerte, a pesar de las advertencias. Obviamente, no pudo con ella... Quizás, un fragmento de una canción (si, una canción) de Jorge Luis Borges, "El General Quiroga va en coche al muere", ilustre ese momento : "...Yo, que he sobrevivido a millares de tardes y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas, no he de soltar la vida por éstos pedregales. ¿ Muere acaso el pampero, se mueren las espadas ?... Queda en el recuerdo una de sus frases más emblemáticas : "El militar debe obedecer y defender las leyes, no dictarlas"... justamente lo que lo diferenciaba de Rosas...
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