FRANCISCA ROJAS, LA PRIMERA PERSONA CONDENADA POR SUS HUELLAS DIGITALES
A fines de noviembre de 2021, un horrendo crimen provocaba el estupor del país entero : el pequeño Lucio Dupuy, de solo 5 años, era asesinado a golpes por su madre Magdalena Espósito Valenti y su actual pareja, Abigaíl Páez. Por éstos días está por dictarse el veredicto del juicio que ambas afrontan por éste homicidio (en éste caso infanticidio), cuyo resultado debería ser prisión perpetua. Pero tal caso no es el primero en la historia criminal de nuestro país ( sobre padres o madres y sus parejas de ese momento ) que terminan con la vida de sus hijos/as. Un caso emblemático en Argentina ocurrió en 1892, no sólo por el "modus operandi" del crimen, sino por la forma en que se esclareció, descubriendo a la autora del asesinato a través de un novedoso método para la época, que luego se utilizó a nivel mundial. Pero vamos por partes. La protagonista de la narración de hoy es Francisca Rojas de Caraballo, nacida en 1865, quién tomó una decisión brutal y terminó con la vida de sus dos pequeños hijos. Estaba casada con Ponciano Caraballo y vivían en la zona rural de Quequén (Pcia. de Buenos Aires). Sin embargo, estaba "distanciada" de su marido, debido a una supuesta infidelidad de ella. Algunas crónicas señalan que Ponciano se fué de la casa matrimonial y otras que ella lo echó. Lo cierto es que ya no vivían juntos. El 29 de junio de 1892, cerca de las 14 horas, Francisca, de sólo 27 años, degolló a sus hijos Ponciano y Felisa, de 6 y 4 años respectivamente. Luego, trató de simular un ataque cortándose la garganta y culpando de ambos homicidios a su vecino Pedro Ramón Velázquez, amigo de su esposo. Éste vivía a 400 metros de la casa de Francisca. Esa tarde, Ponciano fué a la casa a visitar a sus hijos y le extrañó el sugestivo silencio que había en la vivienda, teniendo en cuenta al habitual bullicio que solían realizar sus hijos. Al llegar, comprobó que la puerta estaba trabada por dentro. Fué a buscar a Velázquez a su casa y, juntos derribaron la puerta. Allí estaba la imagen del horror : sus dos hijos muertos, tirados en la cama, ensangrentados y, a su lado estaba Francisca, aparentemente desmayada, con un corte sangrante en el cuello. En unos instantes recobró el conocimiento y no dudó en acusar a Velázquez diciendo que había querido violarla y, que después atacó con una pala de pico a ella y sus hijos. También argumentó que su vecino pretendía llevar a los menores con su padre (o sea Ponciano), debido a la fuerte discusión que ambos habían mantenido recientemente. Obviamente, Velázquez dijo ser inocente, pero Francisca se mantenía firme en sus acusaciones. El vecino fué detenido mientras trabajaba en el campo y, como era usual en la época, fué torturado para que confesara el crimen. Utilizaron métodos inverosímiles (como un policía disfrazado de fantasma con una sábana para asustarlo de noche) y macabros ( como interrogarlo en la capilla ardiente frente a los cadáveres de los niños), pero Velázquez insistía en su inocencia ante el duro comisario de Necochea, Guillermo Núñez. Se ordenó un careo entre ambos y, los dos ratificaban su postura. Faltaban pruebas contundentes para inculpar al acusado y, es entonces cuando entra en acción el inspector Eduardo Álvarez. Al comenzar a investigar el caso, detecta contradicciones en los dichos de Francisca y, lo más extraño es que no encontraba un motivo o razón posible que llevara a Velázquez a convertirse en el asesino de los hijos de su amigo, quiénes cariñosamente lo llamaban tío. Otra cuestión que lo hacía dudar era la afirmación de que el golpe con la pala le había hecho perder el conocimiento, debido a que ésta herramienta apareció "doblada" en la escena del crimen. Al respecto afirmó : "Cualquier golpe que la torciera, no digo así, sino mucho menos, sería más que suficiente para producir una muerte instantánea". Tampoco le cerraba que Velázquez hubiera actuado con un cuchillo ajeno para degollarlos, ya que Francisca decía que se lo había robado de su cocina y, era extraño que después de cometer el crimen dejara el cuchillo escondido entre las pajas del techo. Un gaucho, hombre de campo como Velázquez debía tener su propio cuchillo. Pero, la más llamativo de la escena del crimen y que más lo hizo dudar fué una huella digital ensangrentada sobre el marco de la ventana. Pensó que el homicida saltó por la misma para escapar y dejó esa marca, que sería fundamental para la investigación (además era pequeña para ser de la mano de Velázquez, se asemejaba más a una huella de mano de mujer). Tomo la decisión de desarmar la ventana, cortar el pedazo de marco donde estaba la huella y lo envió a La Plata. ¿ Para qué ? Para que lo revisara el oficial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Juan Vucetich. El sujeto, de origen croata, había desarrollado un novedoso método de identificación, a partir de las huellas dactilares o digitales. Al respecto, expresó : " A fin de que puedan practicarse las diligencias conducentes a la aplicación o conocimiento de lo que pueda importar el estudio de las impresiones digitales, he traído dos pedazos de madera, dónde se notan señales de los dedos y, en una tarjeta, las impresiones de Pedro Ramón Velázquez y Francisca Rojas". Y, luego, lo impensado : al cotejar las huellas, las encontradas coincidían con las de Francisca. Caso resuelto : doble filicidio, la madre había asesinado a sus hijos. Fué la 1° persona del mundo en ser investigada y condenada por sus huellas digitales. Mediante tortura, la mujer confesó : "... ser la única autora del hecho" y, añadió : "que lo hizo ofuscada porque su marido la habìa echado de su lado y le iba a quitar a sus hijos..." por lo tanto había resuelto matarlos, quitándose ella también la vida, pues "prefería ver muertos a sus hijos y morir, antes que aquellos fueran a poder de otras personas". El tribunal de Dolores la condenó en 1894 a la pena de penitenciaría por tiempo indeterminado. Los jueces argumentaron que "... nada podía justificar un delito tan atroz en el que la perversidad de sentimientos estaba sin un ápice de piedad contra sus propios e inocentes hijos". El hecho tuvo repercusión nacional y, la prestigiosa revista "Caras & Caretas" publicó (con un sugestivo adjetivo sobre Francisca) sobre el hecho : "Ésta mujer denunció el hecho indicando como autor a un honrado vecino, que pudo salvarse gracias a la impresión de los dedos del asesino, marcados en un marco, coincidiendo exactamente con el dibujo digital de la desnaturalizada madre". El jefe de investigaciones de Necochea, quién siguió el caso, aporto algunos datos íntimos sobre Francisca : "Es de advertir que el encono que Francisca tenía hacia la familia de Velázquez era motivado porque con o sin fundamentos, sospechaba que fueran ellos quiénes habían puesto sobre aviso o héchole saber que mantenía relaciones con otro sujeto, como asimismo que eran quiénes le aconsejaban que la abandonase..." Otras pruebas y hechos condenaron a Francisca, como la ausencia de lesiones en la espalda que dijo tener producto de los golpes recibidos por su supuesto agresor y, que un médico al revisarla, desmintió. También se encontró un trapo en las inmediaciones del pozo, con señales evidentes de haberse limpiado en él las manos y oculto en unas matas de pasto, determinando que el autor/a del hecho se secó las manos, luego de haber producido el asesinato de los niños, degollándolos. Al salir por la ventana que da al sur, se terminó de lavar las manos en la cocina (aunque, como se dijo, dejó sus huellas en la ventana). En agradecimiento a Vucetich, el inspector Álvarez le escribió una carta, felicitándolo y manifestando : " Que ésto sirva de base y de aliento para continuar difundiendo éste sistema de identificación... te declaro bajo la fe de mi palabra que si no fuera porque he obtenido la constatación de que las huellas dejadas en la puerta y las impresiones de Francisca Rojas correspondían las unas con las otras, a pesar de su confesión, me hubiese quedado siempre la duda respecto a su culpabilidad". Gracias a éste "invento argentino", pudo esclarecerse éste horrendo crimen y, éste método sería luego utilizado mundialmente para la identificación de personas (no sólo en casos policiales, sino para infinidad de trámites). Casi 130 años después, éstas historias (en otro contexto histórico) siguen repitiéndose. El espanto y estupor sigue siendo el mismo...
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