MANUELITA ROSAS, LA HIJA INFLUYENTE DEL "RESTAURADOR"

 Vivir bajo el ala del poder es una situación privilegiada a la que no todos pueden acceder. Los que lo detentan suelen ser hombres o mujeres poderosos/as que, de acuerdo a sus convicciones y decisiones, marcan el rumbo o destino de un país o región. La mayoría pasó a la historia por lo que hicieron (bien o mal) y dejaron un legado, que vale la pena conocer. La protagonista de hoy es la hija del "Restaurador de las Leyes", Juan Manuel de Rosas, quién gobernó con mano dura los destinos nacionales (cuándo nuestro país estaba "en pañales"). Se trata de Manuela Robustiana Ortiz de Rozas, cuyo diminutivo y apellido acotado y "cambiado" en una consonante, le otorgó el mote con el que pasó a la historia vernácula : Manuelita Rosas. Su madre, Encarnación Ezcurra, fué la influyente consejera de Rosas cuándo éste gobernaba. Nació en Buenos Aires, el 24 de mayo de 1817 y, fué la alegría y bendición del hogar, ya que un año antes, el 26 de marzo de 1816, había nacido una niña que, por problemas de salud, sobrevivió unos días. Su hermano mayor, Juan Bautista, vino al mundo el 24 de marzo de 1814, aunque en la familia quedó postergado por la "estrella" de su hermana menor. Sus padrinos de bautismo fueron su tío materno, Felipe Ezcurra y su esposa, Gregoria Rosas, además de su abuela paterna, Agustina López Osornio. Su infancia y adolescencia transcurrió entre el campo y la ciudad, ya que, los veranos los pasaba en las estancias que poseía Rosas : "Los Pinos" y "Los Cerritos" y, los inviernos en la casona familiar, ubicada en Palermo, cuya extensión era de media manzana. Fué una infancia feliz y tranquila, jugando con sus primos (entre ellos, Manuel Belgrano y Rosas, hijo extramatrimonial del creador de la bandera y María Josefa Ezcurra, su tía y, que Rosas adoptó y crió), bajo la vigilancia de esclavas negras e indias. Su vida rural, la convirtió en una notable amazona, cabalgando con destreza, junto a su hermano Juan. Como se dijo, su madre, era el "brazo derecho" de Rosas, como organizadora del Partido Federal y consejera de las decisiones gubernamentales. Pero, todo cambiaría con la temprana muerte de Encarnación Ezcurra, pasando Manuelita a ser una suerte de "primera dama". Pero distaba de cumplir el rol de su madre, ya que pasó a ser la persona en que Rosas depositaría toda su confianza. Ahora las decisiones las tomaba solo. Fué el complemento perfecto. Al carácter rígido y firme de su padre, Manuelita lo contrarrestaba con su simpatía, bondad, diplomacia y buenos modales. De ésta manera "convencía" a los que trataban o negociaban con Rosas. Así fué que, con 21 años, ella lo acompañó en ceremonias protocolares y, también recibiendo a embajadores extranjeros y representantes de gobiernos de las demás provincias. Rosas, además de gobernador de Buenos Aires, era el encargado de las relaciones exteriores del incipiente país, defendiendo nuestros intereses contra las grandes potencias de Europa. Su padre la "celaba" en demasía y, se oponía a su noviazgo con Máximo Terrero, hijo de Juan Nepomuceno Terrero, socio y amigo de Rosas. La simpatía y bondad que usaba para lograr la adhesión de los funcionarios, la usaba con su padre, pues era su debilidad. En una biografía, María Sáenz Quesada, la describe así : "Es algo más que la hija del dictador Rosas, la memoria colectiva del país la ha elevado a la categoría de mito, ella es el ángel de la bondad, el hada bienhechora que, en una época difícil, cumple el rol femenino por excelencia : la misericordia, la compasión, el apoyo sin límites a la figura del varón de la familia. Éste mito angelical tiene su campo de acción privilegiado en la Quinta de Palermo, hoy convertida en paseo público, dónde aún se conserva un retoño del árbol bajo el cuál pedía el perdón de su padre para los condenados". Efectivamente, Manuelita "salvó" la vida de varios condenados a muerte, al interceder ante su padre por la vida de éstos, bajo el denominado "Aromo del perdón", con flores amarillas, que ella misma había plantado en 1845. Sin embargo, nada pudo hacer para salvar a su íntima amiga, la aristocrática Camila O´Gorman, quién fué fusilada, embarazada, junto con su amante, el cura Ladislao Gutiérrez, en 1848 (historia que ya fué contada en una entrega anterior). El escándalo fué mayúsculo y, ni la Iglesia, ni la influyente Manuelita, que inclusive le escribió una sentida carta a su padre, pudieron evitar su ejecución. Un hecho emblemático que, reivindicó la figura de Rosas, fué la Batalla de la Vuelta de Obligado que, a pesar de ser una derrota, fué una victoria diplomática, ya que, con el tiempo, los franceses e ingleses, levantaron el bloqueo naval sobre el Río de la Plata (historia también narrada en éste espacio). Ésto se logró luego de arduas negociaciones (los europeos querían comerciar territorio adentro, desconociendo la autoridad de Rosas), llevadas adelante con Lord Howden, un irlandés enviado por la corona británica. Fué fundamental la labor de Manuelita, quién era la encargada de recibirlos y agasajarlos. Se destacaba también en la ejecución del piano y el canto. En su estadía, Manuelita llevó al enviado a cabalgar y conocer la extensa estancia. Incluso lo hizo vestir de gaucho. Howden cayó rendido a sus pies y, se enamoró de ella, llegando al punto de, que en un rústico idioma español, éste le pidiera casamiento. Ella, diplomática y sagaz, dulcemente se negó, argumentándole que lo veía como un hermano. Finalmente, los ingleses y franceses levantaron el bloqueo, las naves se marcharon, reconocieron que la navegación interna del río Paraná era potestad de las leyes de la Confederación Argentina y, además, devolvieron la Isla Martín García y los buques mercantes capturados. A cambio, Rosas reconoció la independencia de la Banda Oriental (hoy Uruguay). Un acuerdo ventajoso a todas luces que Rosas firmó luego con Lord Henry Southern (quién reemplazó a Howden, que se seguía carteando con Manuelita, como amigo). Los informes de éste fueron determinantes para firmar el acuerdo. Pero, todo llega a su fin y, la derrota de Rosas, a manos de Urquiza, en la Batalla de Caseros, obligó al "Restaurador" a exiliarse en Southampton (Inglaterra), en 1852. Obviamente, Manuelita siguió sus pasos y, se marchó con él. Ya en Europa, con 35 años, la hija de Don Juan Manuel, decidió que era tiempo de casarse con su novio de toda la vida, Máximo Terrero. Sin dejar de lado su veta de mandamás, Rosas aceptó a regañadientes, poniendo condiciones extremas : no asistiría a su casamiento, se deslindaban los patrimonios de ambas familias y, ellos no vivirían en la misma casa con él. El otrora poderoso gobernador, se convirtió en granjero (ya que todas sus posesiones en Buenos Aires habían sido confiscadas), quedándose a vivir en la Aldea de Swanthling, en la chacra Burgess Farm, a 3 millas de la ciudad portuaria de Southampton. A pesar de la rigidez de conducta de su padre, Manuelita nunca se enojó con él y se marchó a vivir con su esposo a Londres. Incluso, siempre quiso reivindicar la figura de su Rosas en el país. Para ello, mantuvo correspondencia con Antonino Reyes, ex edecán de su padre y, lo más importante, cedió el archivo completo sobre las actuaciones del "Restaurador" al historiador Adolfo Saldías, primer representante del revisionismo histórico, quién escribió la "Historia de las Confederación Argentina". En lo personal, luego de perder 2 embarazos, llegaron los hijos. A los 39 años, el 20 de mayo de 1856, nació Manuel Máximo Nepomuceno Terrero y Rosas y, dos años más tarde, Rodrigo Tomás Terrero y Rosas. Pasados los años, el 11 marzo de 1877, la salud de Rosas estaba quebrantada y, padecía una neumonía que, un enfriamiento empeoró al día siguiente. El doctor John Wibblin, avisó a Manuelita para que viajara, temiendo lo peor. Llegó al día siguiente, al mediodía y, lo encontró moribundo. Pero su llegada lo animó y, al día siguiente experimentó una leve mejoría. Fué un espejismo, pues al otro día, el miércoles 14 de marzo, volvió a empeorar. Su hija, había dormido a su lado, tenía 41° de fiebre y, de la tos pasó a los vómitos de sangre. Era el final y, Manuelita se acercó a su lecho, le dió un dulce beso en la frente y, le preguntó, con el apodo con que siempre lo llamaba : "¿ Cómo le va Tatita ?" y, su padre alcanzó a exclamar con su último aliento : "No sé niña". Ella lo acarició y, Juan Manuel de Rosas cerró sus ojos para siempre. Ya tenía problemas económicos y, en una carta alcanzó a decirle a su hija que había vendido las pocas vacas que le quedaban y se había comido la última gallina. Manuelita mantuvo profusa correspondencia con su amiga Josefa Gómez, "Pepita", a quién le preguntaba siempre como estaban las cosas por el pago. Nunca pudo volver a su patria y, murió a los 81 años, en Londres, el 17 de septiembre de 1898. Hay en el Museo Histórico Nacional, un óleo pintado por Prilidiano Pueyrredón, cuándo ella tenía 35 años, dónde se puede apreciar el gesto cordial que siempre la acompañó, vestida de rojo punzó (los colores de la Santa Federación), en un salón de la época, sonriente, con una particular belleza. Manuelita Rosas, "la Niña de Palermo" o "la Princesa de la Federación", a su manera, cumplió un rol clave en los designios del mandato de su padre, emulando a su madre, aunque con otras "armas". No podía escapar a su destino y, ella lo explica en una carta enviada al país, recordando su pasado : "En tiempos de mi adolescencia, la casa de mis padres era un comité público, lleno de gente de todo pelaje y catadura. Sólo se vivía para la política. Oía, a menudo, aún dentro de mi habitación, el eco de sus voces, el ruido de las armas, el clamor de turbas que ovacionaban a mi "Tatita" y los vituperios de mi madre contra sus enemigos y amigos timoratos...". A los 21 años, asumió las responsabilidades asignadas y las cumplió ampliamente y... jamás abandonó a su padre, aún en la derrota. Con el linaje y sangre que corría por sus venas, no podía ser de otra forma... 

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