JUANA MORO, HEROÍNA DE LA INDEPENDENCIA NACIONAL
La libertad es un concepto abstracto, pero amplio en su sentido. Representa uno de los derechos más sagrados del ser humano y, por el que a lo largo de la historia, pueblos enteros lucharon por ella, dejando héroes y mártires en el camino. No importa la posición económica, sexo o raza, siempre se luchará por ella, a costa de la vida misma. En el siglo XIX, en plena guerra de la independencia, muchos arriesgaron su vida por su libertad y la de todos. Cada uno desde su puesto y, con una función determinada. En la entrega de hoy, hablaremos de Juana Gabriela Moro, heroína olvidada (como tantas otras) por la "historia oficial". Nació en San Salvador de Jujuy, el 26 de mayo de 1785, hija del asturiano Juan Antonio Moro Díaz, Coronel de los Reales Ejércitos y funcionario español. Era hombre de confianza de Ramón García de León y Pizarro, gobernador de la Intendencia de Salta del Tucumán. Su madre era Faustina Rosa de Aguirre Pondal (quién era viuda de Francisco Sánchez Taibo). Su hermana, Magdalena, se recluyó en el convento de monjas de Santa Teresa de Potosí. Juana se casó en 1802, a los 17 años, con el Coronel Jerónimo López, con quién tuvo a Serafina, Ramón y Bernabé (éste último llegó a ser intendente de Salta y Ministro de Gobierno en 2 ocasiones y Ministro de Relaciones Exteriores y Culto de Urquiza). Fué uno de los gestores de la Liga del Norte contra Rosas. En el año 1813, ante el avance del Ejército del Norte, comandado por Belgrano, los realistas ocuparon su ciudad natal y, Juana comienza su silencioso trabajo en pos de la causa patriota. ¿ Cómo lo hizo ? Antes de la Batalla de Salta y, debido a su singular belleza, sedujo a uno de los altos oficiales realistas, Juan José Feliciano Alejo Fernández (Marqués de Yaví) y, lo comprometió a abandonar las filas realistas el día de la batalla y, regresar al Alto Perú. Otros subalternos fueron "conquistados" también por otras damas y, antes del combate, los oficiales "seducidos" se retiraron sin atacar y huyeron. Ésto fué fundamental para el triunfo de Belgrano en Salta, ya que uno de los flancos enemigos quedó desprotegido. Luego de ésta victoria, el gobierno insta a Belgrano a continuar la campaña hacia el Alto Perú. El ejército patriota, mal armado, es derrotado sucesivamente en Vilcapugio y Ayohuma y, el jefe realista Joaquín de la Pezuela, ocupa Salta. A partir de aquí, se activaría una ingeniosa y eficaz red de espionaje, comandado por diversas damas salteñas : Gertrudis Medeiros, Celedonia Pacheco de Melo, Juana Torino, María Petrona Arias, Martina Silva de Gurruchaga, Andrea Zenarrusa, "Macacha" Güemes, María Loreto Sánchez Peón Frías y la propia Juana Moro. Las estrategias eran varias, aunque la más efectiva era cuando Juana se disfrazaba de "viandera", llevando una canasta de comida y granos de maíz en los bolsillos. Se sentaba en la plaza dónde acampaban los realistas y, cuándo aparecía el oficial que cantaba uno por uno los nombres (a modo de toma de asistencia), ella pasaba un grano de maíz de un bolsillo a otro por cada presente y, luego enviaba esa información, a través de un "buzón encubierto", situada en la corteza de unos troncos caídos. ¿ Cómo llegaban allí ? A través de un grupo de lavanderas que lavaban su ropa en el río Arias, bajando por la Quebrada del Toro. Llevaban entre sus faldas los mensajes ocultos confeccionados por éstas mujeres. En determinado momento, un par de ellas se separaban del grupo y colocaban los mensajes en el interior del tronco de una árbol caído, ubicado estratégicamente. Luego, uno de los gauchos de Güemes, retiraba el mensaje oculto, que informaba sobre los movimientos posteriores de los realistas. Otras veces, en su caballo, espiaba los movimientos del enemigo, disfrazada de simple paisana, hasta que una tarde la capturaron. El coronel español Martínez de Hoz le cargó pesadas cadenas, torturándola para que confiese el plan patriota. Juana soportó estoicamente los vejámenes, pero no habló. En otra ocasión, se disfrazó de coya y, fué por las quebradas jujeñas, a caballo, en busca del general patriota Juan Antonio Álvarez de Arenales, para conocer la posición de su ejército, debido a que había informaciones contradictorias que llegaban sobre ello. Con el dato preciso, volvió y, se reunió con la esposa de Álvarez de Arenales, Serafina de González Hoyos y, le informó que su marido y el ejército patriota estarían en Salta al día siguiente, para desalojar a los realistas. Consumado ese hecho, que ella informó para que estuvieran preparados, Juana fué vivada por toda la ciudad, en señal de agradecimiento. Su casa (cerca de la de Güemes), también servía como punto de reunión de los soldados y gauchos fugados de los realistas, ya que su construcción (tenía una cuadra de largo y 2 frentes), la hacía ideal para ello. Era un verdadero dolor de cabeza para los españoles, al punto que el General Joaquín de la Pezuela expresó en un documento : "Los gauchos nos hacen casi con impunidad una guerra lenta, pero fatigosa y perjudicial. A todo ésto se agrega otro no menos perjudicial, que es la de ser avisados por horas de nuestros movimientos y proyectos, por medio de los habitantes de éstas estancias y, principalmente de las mujeres, cada una de ellas es una espía vigilante y puntual, para transmitir las ocurrencias más diminutas de éste ejército". En 1815, Pezuela la volvió a capturar y, ante su silencio, la condenó a una singular y horrenda muerte : la encerró en su casa y tapió todas sus aberturas. Pero, una vecina realista se apiadó de ella, hizo un boquete y, le dió agua y alimento hasta que los realistas fueron expulsados. Ésto la salvó de morir de inanición. De allí surgió el apodo que la acompañaría hasta su muerte : "La emparedada". El historiador Bernardo Frías, cuenta así la situación : "Puertas y ventanas selladas, su casa era una tapia inquebrantable, sin orificio alguno. También la vivienda había sido desprovista de cualquier utensilio que pudiera servir en la mesa. No había manera de salir, era imposible, una condena mortal, tan eficaz como cruel, sin posibilidad de agua y con las cucarachas como único alimento. En ese estado, Juana no duraría más de 5 días con vida". Sin embargo, tiempo después, al ser derrotados y expulsados definitivamente los realistas, pudo salir de su particular e impiadoso "encierro". Pero la Patria tardaría muchos años en convertirse en Nación, pues luego de la Independencia, vinieron luchas internas entre federales y unitarios, con visiones de un país distinto por ambas partes. Recién pudo "organizarse" en 1853, con la redacción de una carta magna que la rigiera : la Constitución Nacional. Juana, ya con 68 años, recibe una infausta notificación, que la enardece, la saca de las casillas, hasta el punto de romper vajillas y utensilios de su casa, al arrojarlos. En la misma dice que las mujeres no están autorizadas a jurar la Constitución Nacional, por ser... del sexo femenino. Justo ella que expuso su vida y posición social en beneficio de la ansiada libertad, quedaba desplazada (y todas las mujeres) del acontecer político y social del nuevo país. Una medida retrógrada, pero consecuente con esos tiempos en que la mujer carecía de derechos elementales, como si fuera un ser inferior. Indignada, le envía una misiva al General Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Nacional, diciéndole : "La que escribe, llena de dolor, furia y fervor patriótico, le hago mi enérgico e indignado reclamo ante la injustificada falta de la presencia de la mujer en la jura de la nueva Constitución". Nunca recibió respuesta. Juana Moro murió en Salta, el 17 de diciembre de 1874, a los 89 años, de una afección al hígado. Sin embargo, historiadores salteños dudan de la veracidad de esa fecha, debido a que existe un acta de bautismo, del 1° de octubre de 1876, donde certifica que Juana Moro y su hijo, Bernabé López, fueron padrinos de la pequeña María Petrona Toranzo Torino (abuela del actual obispo de Salta, monseñor Torino y fundadora del Patronato de la Infancia de Salta). Otra versión, más difícil de comprobar, la brindó el obispo salteño, Gregorio Romero, quién, en sus memorias, afirma que Juana murió durante la epidemia de cólera, en 1876. Juana Gabriela Moro, heroína olvidada de nuestra patria, en la lucha por la Independencia. Algunos la recuerdan por su apodo, "La emparedada", por el particular cautiverio al que la sometieron los españoles, pero su impronta de mujer valiente y patriota merece ser rescatada de éste injusto olvido. Tal vez, la zamba en su honor escrita por José Giménez y Canqui Chazarreta e interpretada por Roberto Rimoldi Fraga, sea el mejor homenaje, en la estrofa que dice : "Era la Juana Moro, criolla de Salta, del fondo de la historia trae su memoria la zamba... La libertad fué el grito bravo y sonoro y en la prisión se oía el viva de Juana Moro... Fué mujer y leona entre todas, la Juana Moro".
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