MARTA LYNCH, LA ESCRITORA QUE PERDIÓ LA BATALLA CON EL TIEMPO

El tiempo es un competidor al que no se puede vencer. Su paso, sin prisa pero sin pausa, siempre hacia adelante, va consumiendo los momentos y, por ende, la vida. Saber convivir con ésto y, sobre todo, aceptarlo, dependerá de cada persona y, de ésta forma, podrá sobrellevarlo. Sin embargo, no todos pueden hacerlo. La introducción y la temática tienen que ver con la protagonista de hoy. Marta Lynch nació en La Plata, el 8 de marzo de 1925, bajo el nombre de Marta Lía Frigerio, era la menor de los 3 hijos (además de María Emilia y Reinaldo, quién murió en un accidente en la década del '60) del matrimonio formado por Adolfo Frigerio (fallecido en la década del '50) y Emilia Igoa Arbizu. En su adolescencia, la "Negrita Frigerio", como la llamaban, asistió al colegio de monjas del barrio, donde fué una rebelde. Admiraba a su madre, a la que calificaba como "bella y misteriosa" y temía a su padre por su carácter, al manifestar que "ante la menor provocación, los objetos volaban por el aire". Se mudaron al barrio de Caballito, en Buenos Aires (debido a una enfermedad de su padre). Al terminar el secundario y, recibirse de maestra, quiso estudiar medicina, pero no la dejaron. Terminó anotándose en Filosofía y Letras, dónde culminó sus estudios. El 12 de septiembre de  1945, a los 20 años, se casó con Enrique Fignoni (de 23 años), siendo testigo del mismo su hermano Reinaldo. El matrimonio fué un fracaso (duró 1 año y medio). Marta siempre evitaba hablar sobre él en las reuniones o prefería ocultarlo. Para divorciarse, necesitaba la ayuda de un abogado y, su inseparable hermano Reinaldo le presentó a un viejo y conocido compañero de estudios : Juan Manuel Lynch. Cuándo esperaba su llegada en su estudio, Lynch se dió cuenta que se había quedado sin cigarrillos y bajó al kiosco a comprar. Al volver, vió como una morocha delgada se le acercaba. Ella lo había reconocido y. él al verla, quedó impresionado. Flechazo mutuo. Pero Lynch hizo mucho más, ya que no sólo la divorció (no existía la ley como tal, pero si había casos puntuales que sentaban precedentes), sino que abandonó su familia, al separarse de su mujer, con quién tenía 3 hijos. Al poco tiempo estaban viviendo juntos en una pequeña casa de la calle Madero. Tuvieron 3 hijos, Enrique (nacido en 1948), Marta Juana y Ramiro. Sin embargo, el proceso de separación legal fué largo, ya que la sentencia recién fué dictada en 1955, cuándo ya habían nacido los 3 hijos. Se decretó culpa de ambas partes, ya que como se dijo antes, en esa época no existía el divorcio por mutuo consentimiento. Tampoco se contemplaba la disolución del vínculo matrimonial, por lo que Lynch y Marta nunca pudieron casarse. Más adelante, en 1957 y, por intermedio de Rogelio Frigerio (que no tenía parentesco con ella y, que era amigo de su hermano Reinaldo), se acerca a la política, más precisamente al Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), que postulaba como presidente a Arturo Frondizi. Marta fué a militar a ese espacio, como una especie de secretaria privada del candidato, con tareas administrativas o de organización, pero con nulo peso político. Le fascinaba ese mundo y lo describió así : "... la política le abrió la puerta a mi vida, le dió una nueva perspectiva. Me sacó de mi comodísimo mundo de calle Madero, con los hijos recién nacidos, el amparo del amor, de la casa, de esa somnolienta felicidad del no-ser... ". La mandaban a hacer "timbreo" casa por casa para convencer a la gente de votar a Frondizi. Una vez se enojó con el almacenero porque le manifestó que votaba a otro candidato y, entonces le dijo que acababa de perder una cliente. Tanto entrar y salir del despacho de Frondizi, despertó infinidad de rumores sobre una relación, nunca confirmada. Frondizi ganó las elecciones en 1958 y, Marta tuvo su premio al recibir un cargo en el Ministerio del Interior y, su marido, por ser abogado, asumió como director de Relaciones Laborales en el Ministerio de Trabajo. Pero Marta duró poco en su cargo (sin preponderancia política) y, renunció cansada de las promesas incumplidas de Frondizi. El acercamiento a la política fué terreno fértil para sacar temas para sus novelas. Su primer gran éxito fué "La alfombra roja", en 1962, dónde describe las "vicisitudes de un político inescrupuloso que alcanza el poder". Estaba basado en su tumultuosa relación con Frondizi y, a pesar de no ganar el concurso literario de la Editorial Fabril (lo ganó "Sudeste", de Haroldo Conti), recibió la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.) que, además, recomendó su publicación. Tuvo muy buen éxito de ventas. En 1965 publica "Al vencedor", que narra las aventuras de dos jóvenes marginales que acaban de terminar el servicio militar. Pero, no tuvo la repercusión de "La alfombra roja". En 1967 publica su primer libro de cuentos, llamado "Cuentos tristes", dónde hace un minucioso detalle de todas las clases sociales que pueblan su patria, sin demasiada repercusión de ventas y con algunas críticas adversas. También escribiría ese año "Las señoritas de la noche" y "El fin del amor". No obstante, su vida social y su protagonismo eran excluyentes, ya que siempre la llamaban como jurado, la invitaban a congresos, estrenos teatrales y cinematográficos, presentaciones de libros, exposiciones de cuadros, en fin, era la figura que no podía faltar en éstos acontecimientos. Su segundo éxito literario lo publicó en 1968, "La Señora Ordóñez", que cuenta la historia de una mujer en dos épocas, a los 20 y a los 40 años, en gobiernos peronistas (con menciones a Perón y Evita). Luego, sería adaptada a la televisión en formato telenovela, en 1984, con singular éxito, protagonizada por Arturo Bonín, Luisina Brando, Daniel Fanego y Alejandra Da Passano. En el Diario "Clarín" y la Editorial Atlántida tenía sus columnas dónde opinaba sobre la realidad. Sin embargo, su tendencia a "mostrarse" y ser siempre el "centro de la escena" sembraron dudas sobre ella, ya que tenía tendencia a fabular, a agrandar la realidad o muchas veces desmentía lo que había afirmado antes. En 1970 es invitada a ser jurado en el concurso "Casa de las Américas", en Cuba, dónde conoce al poeta peruano Abelardo Oquendo, con quién tiene un amorío. Cuba le pareció fascinante, por su forma de vida, avaló la revolución castrista y comparó la experiencia cubana con la sensación de tener  un hijo. Oquendo, luego la invitaría a Perú, a otros concursos, dónde conoce a Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, con quién también se la relacionó sentimentalmente. La vida vertiginosa y social de Marta no era desconocida por su marido, absorbido por su trabajo, pero que le dejaba pasar esas "licencias". Entendía Lynch que, esas "libertades" eran "indispensables para su estabilidad". Ese año aparece "Cuentos de colores", que recibiría el Premio Municipal de Literatura. De un cuento de ese libro, surge "El cruce del río", obra dónde interpreta y comprende la violencia guerrillera, pues el mismo se refiere a la muerte de Tamara Bunke, la guerrillera argentina que peleaba junto al "Che" Guevara y, que es abatida, justamente, al cruzar un río, por las fuerzas bolivianas. En 1972 es invitada a integrar el vuelo charter que traería a Perón, de su exilio en Madrid, tras 18 años. Entre otras "personalidades" de la farándula y la política, también integraron ese vuelo : Marilina Ross, Hugo del Carril (la voz de la "Marcha Peronista"), Irma Roy y Lorenzo Miguel, todos con fuerte identificación peronista... aunque no se sabe como Marta llegó ahí... Una anécdota graciosa cuenta que Marta quiso por todos los medios cruzar algunas palabras con Perón y, cuándo le dijeron al General que Marta Lynch lo esperaba para conversar con él, contestó : "Ahora no tengo más tiempo, pero dígale a los muchachos de Villa Lynch que cuando llegue a Buenos Aires los voy a recibir"... Impresionante ninguneada la indignó y se quejaría de ello al llegar. Por estar proscripto, Perón no pudo participar en las elecciones del '73, pero mandó a sus militantes a votar por Héctor Cámpora, quién ganó y sólo estuvo 49 días en el poder. Renunciaría para allanar el camino de la vuelta de Perón a la presidencia. El General volvió el 20 de junio de 1973 definitivamente al país y, cuándo el avión iba a aterrizar en Ezeiza, se produjeron incidentes de grandes proporciones, por ocupación de espacios y "copamientos" estratégicos. Hubo represión y muchos muertos en la tristemente célebre "Masacre de Ezeiza". El avión no aterrizaría allí. Marta fué a cubrir la llegada, periodísticamente y lo narró así : "Todo el pueblo se quedó en su puesto, mientras el tiroteo iba provocando muertes, reventando cabezas, haciendo estallar trozos de brazos, de huesos, de órganos sexuales. Nadie dió un paso atrás". También añadió en una nota para Clarín : "A Ezeiza dijo el país. Y el pueblo argentino - ésta vez lo ví, entró por mis ojos,por mis oídos, enronqueció mi voz -, morirá cuando me toque morir y renacerá en el pueblo argentino que nazca al día siguiente... Tiene razón el General Perón cuando afirma que el peronismo es una creación del pueblo argentino. El pueblo lo creó, lo sostuvo, lo adaptó a sus necesidades, creyó en él, trabajó por él, murió por él...". Ahora simpatizaba con la causa, el poder producía tal fascinación en ella, que siempre era "oficialista". En 1974 publica "Un árbol lleno de manzanas", que describe la relación entre un profesor de filosofía y una mujer casada, que vive en Lima (tiene, obviamente tintes de realidad con respecto a su vida), en medio de las revueltas estudiantiles de los años '60. Luego, tiene cierta simpatía hacia Montoneros, no explícita, pero justifica cierto accionar de ellos. En 1976, al producirse el Golpe de Estado, como muchos se llama a silencio, pero más tarde  comienza a frecuentar al almirante Emilio Massera, integrante de la Junta Militar. Ella, varias veces ponderó su figura e incluso participó en su proyecto político. La vieron descender en varias ocasiones de un coche con él y, los rumores de que "había algo más" comenzaron a rodar. El escritor Claudio Uriarte, autor de "El Almirante Cero", obra biográfica de Massera, relata que se encontraban en su despacho. Pero Marta insistía con ir más veces (casi todos los días) y, el militar no quería (llegó a pedirle que le mandara las cartas y mensajes a través de un emisario), debido a que su mujer, Delia Vieyra, sospechaba y tenía celos de ella y, los demás integrantes de la Junta Militar desaconsejaban al almirante la cercanía constante de la escritora. Acerca de su relación con Massera escribió el libro "Informe bajo llave", dónde cuenta la fascinación de una mujer joven por un político poderoso y sin escrúpulos. Sobre la Junta Militar opinaría : "Creo que esos hombres que gobiernan tienen muy buena voluntad y muy buena fe. Tienen en la cabeza una imagen de la Argentina saneada, importante. Espero que no sea demasiado tarde... " . Nunca la sociedad perdonaría tamañas declaraciones. En esa época publica "Los dedos de las manos". En 1978, además de apoyar la realización del Mundial de Fútbol (tiene una breve aparición en la película "La Fiesta de Todos"), publica "La penúltima versión de la Colorada Villanueva", que narra la historia de una mujer de 40 años que no puede evitar el desmembramiento de su núcleo familiar, mientras el país también se viene abajo. Años más tarde, con la vuelta de la democracia, le pasarían factura por su comportamiento, excluyéndola de los círculos que solía frecuentar. Marta siempre estuvo obsesionada, además de rodearse de los entornos de poder, con su imagen que, con el paso del tiempo, se deterioraba. Desde joven lo advertía, mintiendo sobre su edad o con situaciones y declaraciones particulares, como en una ocasión que almorzaba con su marido en un restaurante : "Mirame bien la cara, no te olvides de éstos rasgos, porque ésta lozanía, después no estará más". También le manifestaba a sus hijos que "nunca me verán con canas, nunca me van a ver con 80 años". Comenzó a realizarse múltiples cirugías estéticas con los cirujanos más renombrados de la época, como los doctores Zelicovich (le recortó un poquito la nariz) y Juri (dónde no respetó el posoperatorio, levantándose antes de tiempo y quitándose las vendas), además de dietas estrictas que minaban su salud. El esposo la llevó a Brasil un par de veces, para que la atendiera el famoso doctor Pitanguy, quién dijo que no necesitaba una cirugía estética, sino una restitución, como si se tratara de un accidente. Pero, se negó a operarla porque consideró que no existían garantías de que quedara bien. Finalmente visitó al doctor Manuel Sarrabayrouse, que al verla demasiado ansiosa, le recomendó que lo visitara en 6 meses, cuando estuviera mejor de ánimo. Sólo le hizo una limpieza de piel y un implante de pelo para disimular las cicatrices. Llegó al extremo de quitar todos los espejos de su casa, para no ver la realidad de su imagen. Debió realizarse un par de cirugías de reconstrucción de la nariz, debido al daño causado por la cirugías anteriores. Otra secuela fué una pequeña caída de la boca hacia un lado, y un ojo se le estaba cerrando, por lo que su rostro había perdido simetría y naturalidad. No soportaba las arrugas, su cara era lo más parecido a una máscara. Todo ello la llevó a una depresión que pudo sobrellevar a duras penas, con pastillas, terapias y tratamientos. Su pasada belleza y juventud habían desparecido y no podía convivir con eso. En 1985 publica su último libro de cuentos : "No te duermas, no me dejes". La idea del suicidio le rondaba la cabeza, aunque en una nota de 1984 en Clarín dijo lo contrario. En una cena a la que concurrió con su esposo, se levantó de la mesa y se dirigió al balcón. Su marido la observaba de reojo, ya que miraba fijamente hacia abajo. Alertado de la situación, el dueño de casa, luego de hablar varios minutos con ella, la convenció de regresar a la mesa. Su esposo le reprocharía esa actitud al regresar al hogar. Tres días antes de su muerte, llamó a un programa de radio que se emitía a primera hora de la mañana para rogar que la entrevistaran. Quería opinar de la actualidad política y el proceso previo de las elecciones legislativas que se iban a realizar el 3 de noviembre. La mañana del 8 de noviembre, despertó a las 9, como todos los días, desayunó en la cama y hojeó los diarios que su marido le había dejado en la mesa de luz. Juan Manuel estaba ya en su estudio y la llamó para recordarle que debía aplicarse un medicamento antidepresivo por goteo. Ella le pidió que se lo comprara, para colocárselo el día siguiente. Sintió náuseas y fué al baño a tratar de vomitar, pero no pudo. Se vistió con una camisa a cuadros y un jean, para tratar de escribir algo en su escritorio. No pudo hacerlo, le volvieron las náuseas. La mucama le ofreció el almuerzo al mediodía y ella se negó. Volvió al escritorio y redactó en la máquina de escribir una breve despedida : "Te amo, te amo, te amo, pero no puedo soportar ésta prisión, no puedo soportar ésta vida". Volvió a su cuarto, descolgó el teléfono y trabó la puerta. Luego, dormitó un rato. A las 4 de la tarde, Lynch recibió un llamado del chofer, Manuel González, que debía llevar a Marta al psicólogo : "Perdone señor que me haya tomado el atrevimiento de haber entrado a la casa, pero como nadie me contestaba, subí a buscar a la señora. La puerta de su cuarto está cerrada por dentro". El doctor Lynch intuyó lo peor, aquello con lo que su esposa venía amagando hacía 3 años. "Tire la puerta abajo", le contestó. Sin colgar el teléfono, el chofer intentó hacerlo, pero no pudo. "Señor, no puedo abrirla", fué la nerviosa respuesta. Le indicó que fuera al garage, buscara un hacha y partiera la puerta. Nervioso, el chofer no podía. "Vaya a buscar algún vecino para que lo ayude", fué la siguiente indicación. Siguió esperando al teléfono y, finalmente escuchó la infausta noticia. Colgó y llamó a su secretaria para que le pidiera un remise. Ella se quedó mirándolo y él le dijo : "Apúrese por favor, me voy a casa. Ésta caraja se ha pegado un tiro". Sabía que había comprado un revólver días antes y que estaba en una cómoda. También ella le había insistido para que comprara una parcela en el cementerio Jardín de Paz. Todo conducía a lo mismo. Pero no creyó que sería capaz de hacerlo. Parada, mirando el espejo, se había disparado un tiro en la sien, que tuvo orificio de salida y cuya bala terminó incrustada en el placard. Al venir en el remise, con su secretaria, pasaron por la casa de su hija, pero no estaba. Al llegar, el cuadro era desgarrador, tenía la cabeza deshecha sobre un charco de sangre y la cara amoratada por el golpe que se dió al caer. El velatorio fué íntimo, ya que se restringió el ingreso. El escritor Ernesto Sábato tuvo una frase desafortunada en una entrevista al respecto : "Es un horror. Si es verdad que lo hizo por la vejez, nos tendríamos que matar todos". El trágico final de Marta Lynch encuadra perfectamente en lo que sería la crónica de una muerte anunciada. Vivió su vida intensamente y como quiso, libremente y fué una de las escritoras más talentosas del país. Participó y se codeó con lo más granado del poder (bueno y malo) y, finalmente se rindió ante su rival más temible, el tiempo, que le pasó factura físicamente. A los 60 años, con la decadencia encima y la depresión que no podía manejar, dijo basta y, paradoja del destino, logró que nuevamente los medios se ocuparan de ella, en ésta ocasión, por última vez.

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