FELICITAS GUERRERO, LA MUJER QUE NUNCA PUDO SER FELIZ

El feminismo tiene su razón de ser. Durante muchos siglos, hasta milenios, la sociedad estuvo concebida de una manera profundamente patriarcal, dónde la mujer carecía de derechos y era moneda de cambio para negocios a conveniencia. El machismo es una forma retrógada, a ésta altura, del comportamiento masculino por sobre su par femenino, basado en relaciones de fuerza, tradición y un montón de aspectos que dejaban a las mujeres en inferioridad de condiciones. El feminismo es un movimiento que busca recuperar derechos negados y conquistar lugares que, por esos derechos recuperados, debe ocupar. La historia de hoy tiene una serie de condimentos, sobre lo escrito anteriormente, que sirve como muestra de ello. Se dijo siempre que Buenos Aires era la ciudad más europea de América, con elementos que la emparentaban con las grandes capitales del Viejo Mundo. Una sociedad aristocrática, de terratenientes, con galas lujosas y todo la magnificencia que uno se imagine. En éste contexto, nuestra protagonista de hoy, Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto, nace el 26 de febrero de 1846, pero sería conocida eternamente como Felicitas Guerrero. Hija de Carlos José Guerrero y Reissig (exportador de origen vasco, que introdujo en nuestro país la raza bovina Aberdeen Angus) y Felicia Cueto y Montes de Oca. Era la mayor de los 11 hijos de la pareja (conformado por 7 varones y 4 mujeres). Al pasar los años, los negocios de Guerrero y Reissig, debido a algunas malas decisiones, no pasaban por su mejor momento. Acostumbrado a los lujos, no quería perder su buena calidad de vida. Es por ello que arregla un matrimonio por conveniencia entre su primogénita, la bella Felicitas, de sólo 18 años con Martín Gregorio de Álzaga y Pérez Llorente, un acaudalado terrateniente porteño de 50 años, que era amigo de él. Era nieto de Martín de Álzaga, quién fuera héroe en la resistencia porteña, durante las Invasiones Inglesas. Felicitas imploró a su padre que no la obligara a casarse con un hombre que no amaba y, que además, por la diferencia de edad, podía ser su abuelo. Pero fué inútil y, el casamiento se realizó el 2 de junio de 1864. En 1866, fruto de esa relación, nace Félix Francisco Solano de Álzaga y Guerrero. Cuándo el pequeño tenía 3 años, muere producto de la epidemia de fiebre amarilla desatada en Buenos Aires, que causó 14.000 muertos. En 1870, nace su segundo hijo, pero fallece momentos después de nacer. La mala fortuna se ha ensañado con Felicitas, obligada a casarse con un hombre mayor que no ama y, sin la posibilidad de disfrutar de sus hijos, fallecidos tempranamente. En tanto, la pena y el dolor de Martín de Álzaga es enorme, no puede superar tal situación y, 15 días después de la muerte de su segundo hijo con Felicitas, muere de un ataque al corazón el 1° de marzo de 1870, a los 56 años. De repente, Felicitas se convierte en la viuda más rica de Buenos Aires, heredando 71.000 hectáreas, una fortuna de $ 70 millones de pesos, numerosas propiedades y estancias (lo que hoy es Valeria del Mar, Cariló y General Madariaga, pertenecían a la viuda).  Sin embargo, allí Felicitas se entera que su marido ya tenía 4 hijos con una empleada brasileña de una de sus estancias, llamada María Caminos, pero obviamente sin casarse con ella. Los hijos de esa mujer reciben dinero como parte de la herencia, aunque no tanto ( $ 1 millón de pesos, dividido entre los cuatro, 300 mil para los dos hijos y 200 mil para las dos mujeres). Sin hijos, con 26 años, los pretendientes para Felicitas estaban a la orden del día, como abejas en un panal. Su pretendiente más cercano y con más posibilidades era Enrique Ocampo (quién sería tío abuelo de la célebre escritora Victoria Ocampo), con quién había intimado antes que la obligaran a casarse. Paciente y resignado, el hombre aceptó los hechos, pero tras la muerte de Álzaga, volvió a la carga. Pero ya no era lo mismo para Felicitas, el tiempo había pasado y el fuego se había apagado. La estancia favorita de ella era "La Postrera", llamada así porque estaba en los confines de la zona poblada bonaerense. Por eso, una día de noviembre de 1871 y luego de cumplir 6 meses de riguroso luto, estando en otras de sus estancias ("Laguna de Juancho"), parte en su carruaje, con amigos, a descansar a "La Postrera". Se desata una feroz tormenta, la noche los alcanza y se pierden en el camino. Se detienen, sin saber qué hacer y, como por arte de magia, aparece un jinete en la inmensidad de la noche. Es un joven que, al verla y comprender la situación, se acerca y le dice : "ésta es mi estancia, que es la suya, señora". El "salvador" en cuestión era Samuel Sáenz Valiente, el dueño de ese lugar. Le ofreció albergue y, esa noche, el flechazo fue mutuo, Felicitas queda impactada por la caballerosidad del joven y él, embelesado con la belleza de ella. Fué tan intensa la atracción entre ambos que, a los 2 meses de conocerse, Sáenz Valiente le propone casamiento. Ella, enamorada, acepta. Preparan una gran fiesta para anunciar la buena nueva, en su mansión del Barrio de Barracas. Era el 29 de enero de 1872. Felicitas regresaba de hacer compras para la fiesta y, ese día también se inauguraba el primer  puente de hierro del Ferrocarril Sud, sobre el Río Salado que bordeaba la orilla de su estancia "La Postrera", traído de Inglaterra por Ambrosio Crámer y diseñado en su terminación por el Ingeniero Luis Huergo. Con un tráfico incesante de gente, llega a su casa, se ducha y es pone el vestido para la ocasión que había encargado en París. Su tía, Tránsito Cueto, le avisa que Ocampo estaba en la casa y quería hablar con ella (pues se había enterado del acontecimiento, que lo dejaba fuera de juego con Felicitas). Ella le pide a su tía que lo despida con cualquier excusa, pero la selñora no tiene éxito. Ocampo, previamente, había estado en una confitería cercana, tomando unos tragos para entonarse. Felicitas bajó a saludar a su familia en el comedor y luego se dirigió al jardín a recibir y saludar a los invitados. Volvió a entrar y, una amiga, Albina Casares, enterada de la situación se ofreció a acompañarla. Ella le dijo que no se hiciera problema, que lo iba a solucionar. Sin embargo, su hermano menor Antonio, de 14 años y su primo Cristian Demaría, de 22, la escoltaron en secreto y se escondieron detrás de una ventana para vigilarla y protegerla. El diálogo era normal, hasta que Ocampo, levantando la voz le dijo : "te casas con Samuel o conmigo" !!! Al oir el nombre de su "rival", estalló en ira y sacó un revólver "Le Forcher" calibre 48 y volviendo a levantar su voz, exclamó : "o te casas conmigo o no te casas con nadie" !!! Al ver el arma, Felicitas trató de escapar hacia el jardín, pero Ocampo, cobardemente, le disparó por la espalda. La bala entró por el omóplato derecho, en el ángulo superior interno. Eso hizo que el proyectil se desviara fatalmente hacia la columna vertebral, dañando seriamente la médula espinal y varios órganos. Cayó pesadamente y su vestido, de larga cola, quedó encajado en la puerta. Ante tal dramatismo, su hermano y su primo entraron raudamente al interior (vieron cuando sacó el arma, pero no llegaron a tiempo). Al ingresar, Ocampo le dispara a Antonio Guerrero, pero la bala literalmente le hizo un surco en la cabeza. Se salvó de milagro. Demaría aprovechó la situación, se abalanzó sobre él, le quitó el arma, y le disparó en el pecho y luego en la boca. Más adelante, el juez Ángel Carranza dictaminó, previo pago de una suma de dinero, que había sido un suicidio (por el tiro en la boca). Los doctores Manuel Blancas y Mauricio González Catán atendieron a Felicitas, que agonizó varias horas y murió al día siguiente, 30 de enero, por la mañana. Dice la historia que ambos carruajes se cruzaron en la puerta de entrada del cementerio de La Recoleta, donde llevaban los ataúdes. Su futuro prometido, inexplicablemente, no fué al velorio ni al sepelio. Los padres de Felicitas, en su honor, hicieron construir en el mismo lugar del crimen, dentro de la casa, una iglesia (lo que habla de la magnitud del terreno). Fué inaugurada en 1879, al cumplirse 7 años de su asesinato. La iglesia se llama "Santa Felicitas" y está ubicada frente a la Plaza Colombia, en el barrio de Barracas. Es una maravilla arquitectónica, ya que posee 28 vitrales (hechos por Gustave Dagrant) de algunos santos no tan populares, como Santa Ludmila y San Félix, Nuestra Señora de Guadalupe (patrona de México) y San Martín de Tours (patrono de Buenos Aires). La iglesia no tiene pasillo central para que los novios puedan cruzarse, ya que los bancos ocupan todo el ancho de la nave. La misma no es parroquia, ya que no están autorizados bautismos ni casamientos (por lo tanto no hace falta el pasillo). En la entrada están los bustos de los padres de Felicitas, mientras que en el interior hay una estatua de Álzaga y al frente de ésta, una estatua de ella, con su hijito Félix. Reza la tradición que los futuros novios deben atar una cinta en la reja de la iglesia y, si al otro día aparece húmeda (serían las lágrimas de Felicitas, ) serán felices. Otra leyenda dice que cada 30 de enero (fecha de su muerte), el espectro de Felicitas vaga por la iglesia, ese día hay que atar las cintas. Al lado de la iglesia funciona el Instituto Santa Felicitas San Vicente de Paul (congregación que la maneja). Fué donado por los padres de Felicitas para que los niños carenciados de la zona pudieran concurrir a estudiar, todos becados. También, del otro lado, funcionaba un comedor para 1000 obreros de las zonas aledañas, que concurrían a comer por un valor simbólico de 2, 5 o 10 centavos y, si no tenían dinero, era gratis. El menú, un abundante guiso calórico para renovar energías. Éstas dos obras de caridad, las hicieron pensando en su hija malograda. Desde el año 2002, el lugar es un museo y es manejado por el municipio. Existe una película, de 2009, "Felicitas", de ésta trágica historia, pero el final es totalmente distinto a la realidad (allí el padre de Felicitas, interpretado por Alejandro Awada, mata a Ocampo (interpretado por Gonzalo Heredia), cuando éste huye con ella. Felicitas Guerrero, según el poeta Carlos Guido Spano, la mujer más hermosa del país, estuvo marcada por las imposiciones patriarcales de la época, y los sinsabores familiares que no le permitieron ser feliz, y su corta vida terminó en tragedia, porque la consideraban su "propiedad". Imposiciones, que con el tiempo, cambiaron, aunque falta un largo camino por recorrer.

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