MARÍA REMEDIOS DEL VALLE, "LA MADRE DE LA PATRIA"

 En un mundo patriarcal desde sus inicios, la figura de la mujer ha sido relegada a segundo o tercer plano y, sí se tiene en cuenta que hablamos del plano militar, las posibilidades femeninas de destacarse se reducen a la mínima expresión. Las luchas por la Independencia argentina han dado muestra de éstas afirmaciones, ya que generalmente, las pocas que hubo, fueron relegadas a tareas de cocina o enfermería. Entrar en combate no estaba dentro de lo estipulado. Sin embargo, nuestra rica historia rescata personajes olvidados, que tal vez no tengan su bronce y, que los libros de historia clásicos ignoraron olímpicamente. Hubo mujeres que se destacaron en el combate y, una de ellas es la protagonista de hoy. María Remedios del Valle nació en 1767 en Buenos Aires, descendiente de esclavos africanos, cuya denominación era "pardos", de acuerdo a la singular clasificación de castas de la época (dónde había zambos, mulatos, indígenas, pardos y criollos, además de los españoles). Siempre dispuesta, fue  auxiliar en las Invasiones inglesas, dónde asistía a los soldados con el armamento y las mochilas. Luego se unió al Ejército del Norte, siguiendo a su marido y sus 2 hijos. En la previa de la Batalla de Tucumán, se presentó ante Belgrano, pidiéndole atender a los heridos. Reacio, el General se negó, pues no estaba convencido de ser buena idea. Pero la mujer, ansiosa por ayudar, entró igual al campo de batalla, dónde además de atender los soldados, los arengaba y alentaba a viva voz  a seguir peleando. Luego de consumada la victoria, Belgrano se convenció, ya que había visto el valor, arrojo y decisión de ésta mujer, a la que los soldados comenzaron a llamar "Madre de la Patria", pues también se habían sumado sus hijas (además de su marido e hijos). Fué nombrada Capitana y así pudo combatir en la victoria obtenida en la Batalla de Salta. Luego, en territorio boliviano, dónde se pretendía frenar el avance realista desde el Alto Perú, llegaría la derrota de Vilcapugio, dónde perdería a sus hijos varones y su esposo. Poco tiempo después, el ejército patriota caería en Ayohuma, el 14 de noviembre de 1813 (lo que marcaría el fin de la campaña auxiliadora del Ejército del Norte, cuyo objetivo, como se dijo, era proteger la frontera y detener la invasión realista). Ésta derrota fué significativa, por lo antes mencionado, y por las particulares acciones de esa batalla. Nuestro ejército estaba debilitado (aunque tenía soldados suficientes, la mayoría de las piezas de artillería se perdieron en Vilcapugio), pues los realistas tenían mayor poder de fuego. La derrota, inevitable, dejó 200 muertos, 200 heridos, 500 prisioneros y la pérdida de la casi totalidad de le escasa artillería con que contaban. En el fragor de la lucha desigual, la Capitana del Valle, además de combatir, junto a sus hijas cruzaba el campo de batalla con cántaros de agua en la cabeza, dando de beber y atendiendo a los heridos, ya que el calor era sofocante. La historia escolar las recuerda como "Las niñas de Ayohuma". Fué también el fin de la "carrera militar" de Belgrano ( era abogado e hizo lo que pudo), quién 2 meses más tarde, cedería el mando del Ejército del Norte a San Martín en la Posta de Yatasto (Salta). Nuestra protagonista, herida de bala, fué tomada prisionera. Sin embargo, una noche que ayudó a huir a varios prisioneros, tras un plan que había tramado, fué descubierta y, cómo castigo los realistas la azotaron 9 días seguidos, dejándole heridas y marcas de por vida. Obstinada y tenaz, planeó otra fuga y consiguió escapar. Cualquier persona se hubiera retirado, pero la Capitana con 40 y pico de años, se volvió a enrolar, ésta vez con Güemes y sus gauchos, para seguir combatiendo al enemigo y asistiendo a los heridos. Aquí se reencontró con la Comandante Juana Azurduy, ya que habían combatido juntas en el Desastre de Huaqui en 1811, en la primera expedición al Alto Perú, comandada por Castelli. Finalizada la guerra, vuelve a Buenos Aires, y como siempre sucede con los héroes o heroínas de guerra, en éste caso, se olvidaron de ella. Vivía en un ranchito en las afueras de la ciudad y se ganaba la vida vendiendo pastelitos y tortas fritas en la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo). Llegó a mendigar, pidiendo limosnas y, a la vez, contaba su participación en la guerra mostrando las heridas de combate y prisión. Pero la tomaban por loca, fuera de sus cabales. Herida en su orgullo, y ya con casi 60 años, en 1826, inicia una gestión solicitando el cobro de $ 6000 que le debían por servicio a la Patria y pérdida de esposo e hijos en situaciones de guerra. Algo absolutamente legal y justo, y que el Estado se había "olvidado" de pagarle. En primera instancia, el Ministro de Guerra Fernández de la Cruz le denegó el pedido casi 1 año después. Siguió mendigando y, una mañana el General Juan José Viamonte, con quién había peleado en Huaqui, la  reconoció y, enterado de su situación, prometió ayudarla. Envalentonada, vuelve a presentar la petición y logra que fallen a su favor, pero le "cajonearon" el expediente con la excusa de la Guerra con Brasil, ya que los fondos se destinaban a esa contienda. Al año siguiente, en 1828, Viamonte es elegido vicepresidente de la Legislatura porteña e insiste con el pedido. En respuesta, le piden certificación que acredite sus dichos. Viamonte, indignado, la defiende vehementemente, diciendo que luchó a la par de él en la guerra de la independencia y que no hay mejor certificación que las cicatrices y marcas en su cuerpo. El diputado de la ciudad Manuel Aguirre aduce que la Junta y Legislatura que conforman es de la ciudad, no de la Nación, por lo tanto no les corresponde pagar. Evidentemente había una negativa férrea a reconocerla. Finalmente, Tomás de Anchorena, ex-secretario de Belgrano, apoya los dichos de Viamonte y señala con énfasis, que el pago le corresponde, porque inclusive Belgrano le había dado rango militar. Luego de una larga sesión, se aprueba su solicitud, y se resuelve abonarle una pensión de $ 30 mensuales. Una verdadera burla a su dignidad, pues a pesar de reconocerle el grado de Capitana de Infantería, no le pagaron retroactividad y, la suma de dinero era tan miserable que equivalía a $ 1 diario (una lavandera cobraba $ 20 mensuales y el kg. de carne costaba $ 2). Los miembros de la Legislatura cobraban $ 666. Al pasar su expediente a Contaduría, se la asciende a Sargento Mayor de Caballería, pero no le actualizan la pensión. Cuándo Rosas llega al poder, hace justicia con la mujer y le paga lo que corresponde. Así pudo vivir dignamente sus últimos años y, en agradecimiento le agrega a su nombre el apellido Rosas. Así, su último recibo cobrado en vida, de $ 216 figura a nombre de María Remedios del Valle Rosas. Murió a los 80 años, el 8 de noviembre de 1847 y, en su honor ese día se conmemora el día nacional de los afroargentinos y la cultura afro, según la ley 26.852 promulgada en 2015. Tuvo que luchar mucho para que le creyeran y le dieran lo que correspondía, ni siquiera las cartas que enviaron los militares que combatieron con ella fueron suficientes, sus marcas y heridas fueron su única prueba. Estuvo 7 veces en capilla estando prisionera (significa a punto de ser fusilada) y pudo salvarse, perdió a casi toda su familia en la guerra y, sin embargo siguió alistándose en el Ejército. El General Viamonte propuso que la llamaran "Madre de la Patria", su participación desde las Invasiones Inglesas en adelante son razón suficiente para acreditar tal título. Una calle y una escuela en Buenos Aires llevan su nombre. En Villa Las Rosas (Córdoba), cerca de Mina Clavero, está la escuela primaria "Niñas de Ayohuma", que también la recuerda. María Remedios del Valle, heroína que debe rescatarse del olvido, por su lealtad  y su valerosa actuación en las guerras de la independencia, injustamente ignorada por sus contemporáneos y, por ende, por la historia nacional, recibe con total justicia el título de "Madre de la Patria".

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