JUAN MOREIRA, EL GAUCHO QUE PERDIÓ TODO, INJUSTAMENTE

Siempre que mencionamos la palabra JUSTICIA, ya sea como principio moral o como poder que la representa, nos quedan sensaciones ambiguas. Decimos ésto porque, lamentablemente, si algo caracteriza a la justicia humana, es la injusticia. Y ésto tiene relación con el poder, porque aquel que lo detenta cree y se siente superior al resto, obrando según sus designios y aspiraciones y dejando de lado el marco normativo de la ley. Éstas situaciones se han repetido a lo largo de la historia de nuestro  país y el mundo. "Dale a alguien el poder y verás realmente quién es, lo conocerás", dice un viejo dicho, que le cabe a la mayoría (por no decir todos) los mortales. En los siglos que pasaron en Argentina, la justicia ha sido una caricatura de lo que realmente debería haber sido. La desigualdad que propiciaba el poder hizo estragos en nuestra tierra. En el siglo XIX, siglo del nacimiento de la Patria, entre los que más sufrieron el accionar torcido de la justicia, fueron los gauchos. Habitantes de nuestras pampas, diestros en tareas rurales y excelentes jinetes, inspirados guitarreros y cantores, aunque su nula instrucción lo dejaban en desventaja ante los "poderosos". Era práctica común reclutarlos a la fuerza para los ejércitos, dejando rancho y familia (si la tenían) a la buena de Dios. Cansados de tanta injusticia y maltrato, desertaban (lo que es un delito), convirtiéndose en parias perseguidos y denostados. Incluso Sarmiento los detestaba, tratándolos de haraganes, abono para la tierra y chusma bárbara. En éste contexto, nuestra historia de hoy tiene como protagonista al mítico y legendario Juan Moreira. Nació en el partido de Flores, Buenos Aires, en 1829. Su infancia estuvo signada por el estigma de su padre, José Custodio Moreira, un matón al servicio de Rosas, que se caracterizaba por su crueldad y sangre fría para cumplir los trabajos que le encomendaba don Juan Manuel. A tal punto llegaba su descontrol, que Rosas le tendió una trampa para sacárselo de encima. Lo envió en comisión, tenía que entregar una carta al oficial Antonino Reyes, con instrucciones para una tarea : la misma decía que debía ejecutarse al portador de la misiva. Sin saberlo, llevaba su sentencia de muerte. Otra versión histórica dice que su padre se apellidaba Blanco y, que su madre le habría cambiado el apellido para protegerlo de la gente que mató a su marido. Luego de ésta tragedia, su madre se lo llevó a Matanzas (hoy, La Matanza). Allí creció, se hizo hombre. Era alto, fornido, con una mirada penetrante, casi hipnotizante, bien parecido para las "chinas" de la zona. Eximio domador y guapo para las tareas rurales, a los 30 años ya tenia su propio rancho, ganado y tierra para sembrar, algo poco común para su edad. Ésto le valió la atención de Vicenta Andrea Santillán, una de las jóvenes más atractivas del pueblo. Se casaron y armaron una fiesta que se extendió hasta el día siguiente. La mala estrella de Moreira comenzó aquí, porque el Teniente Alcalde (una especie de intendente), estaba enamorado de Vicenta y, además, ésta lo había rechazado. Resultado : Moreira fue "condenado" a pagar una multa de $ 500 por no pedir autorización para celebrar la boda...!!! A la semana, otra multa, de $ 400 porque sus vacas habían estropeado un sembradío de trigo. Luego, otra más, por no presentarse ante un llamado de la autoridad (llamado que nunca existió). Obviamente, con la sangre hirviendo, fue a quejarse al Teniente Alcalde,  quién de mala manera, le contestó que no tenía porqué rendirle cuentas y que se retirara, porque sería peor para él. Moreira, conteniéndose, le dijo que no lo había ofendido y que lo perseguía de puro vicio, ya que si seguía con esa actitud, las cosas iban a terminar mal. La autoridad tomó eso como una amenaza y lo mandó al cepo por 2 días. Transcurrido ese tiempo, que Moreira resistió sin chistar, fué liberado y amenazado por el Teniente Alcalde. El gaucho se fue, con la semilla del odio ya instalada en su corazón. Volvió a su rancho, regresó a la rutina y, le salió una oportunidad para comprar vacas a buen precio. Para hacer el negocio, fue a visitar al pulpero Sardetti, a quién, meses atrás, le había prestado $ 10.000 para comprar productos. El deudor pidió que lo esperara, pero la espera se hizo de 3 meses y siempre la misma repuesta. Demandó a Sardetti ante la justicia ( que era el Teniente Alcalde...!!!), que llamó a un careo. El pulpero negó la deuda, siendo que tampoco había nada firmado. Obviamente, la autoridad le creyó a Sardetti. Indignado, Moreira prometió vengarse de ambos, por lo que fue detenido y enviado al cepo una vez más. Ésta vez fué por 1 día y con golpes incluídos. No se quejó y, al ser librado fue amenazado por la autoridad : "la tercera es la vencida, la próxima vez, a la frontera a pelear". Ya no había vuelta atrás. Moreira no aguantaría más humillaciones gratuitas. A la noche fue a la pulpería y mató de 10 puñaladas a Sardetti (1 por cada $ 1000, como le había prometido). Volvió a su rancho y contó lo que había hecho. Para protegerlos, (a su esposa, hijo y suegro), se fue a esconder a la casa de su compadre Giménez. La Justicia fué a buscarlo a su rancho, y el Teniente Alcalde se instaló en la casa a esperarlo. Al volver, ambos contendientes estaban enceguecidos por el odio. Se trabaron en lucha y, la habilidad y destreza de Moreira acabó con su adversario y con los 2 soldados que se quisieron interponer. Ya no podía quedarse, su destino estaba marcado, había matado una autoridad, era un delincuente. Se despidió su mujer e hijo, y con él se llevó a "Cacique", un cuzquito que le serviría de vigilante. Pasó por lo de su compadre Giménez, a quién le encargó que cuidara su rancho y familia en su ausencia. Éste le regaló 2 trabucos enormes de alto poder, para defenderse. Y se fué, para huir por siempre. Como dijimos antes, Moreira era hábil, ágil y fuerte, y sabría defenderse. Además de los trabucos, se fué en un caballo overo bayo, de los mejores de la región, veloz y resistente. El animal había sido regalo del ministro Adolfo Alsina, de quién había sido guardaespaldas. También le obsequió una formidable daga de 63 cm. de largo, un arma infalible. Con eso le bastaba. Dormía de día, a cielo abierto, mientras que cabalgaba de noche. Dejaba a su caballo siempre ensillado, aflojándole la cincha (para escapar más rápido si era  sorprendido), se acostaba boca abajo, con los brazos como almohada y los dos trabucos en las manos. Para completar el cuadro, "Cacique" sentado a su lado, adviertiéndole de cualquier ruido, con su finísimo oído. Iba de pulpería en pulpería, era conocido, lo apreciaban y admiraban, pero algunos gauchos matones lo provocaban, celosos por la fama de sus hazañas. La primera vez le enviaron una partida con 8 soldados para atraparlo. Mató 2 con certeros trabucazos y los otros 6 huyeron espantados. En otra oportunidad le perdonó la vida a un gaucho que lo provocó para pelearlo. No era vida, en cada pulpería, una provocación, una pelea, una muerte. Solía decir que peleaba para sobrevivir, que no era un matón como decía la Justicia que lo perseguía. Sin embargo, no había perdido su bondad. En cada pulpería, pedía un churrasco y una buena porción de alfalfa para "su gente", como solía decir de "Cacique" y su caballo. En otra oportunidad, luego de batirse con el jefe de una partida de 14 soldados, curó a su adversario, sin rencor. Los soldados habían huido espantados y heridos. Luego, sufriría la traición de su compadre Giménez, quién le dijo a su mujer que una partida lo había matado. Hizo ésto para aprovecharse de la pobre, que era rechazada de todos lados por ser "la mujer de Moreira", y que sufría por no poder darle de comer a su hijo adecuadamente, debilitándose su salud. Giménez le dijo que no sufriría más desamparo ni hambre si se quedaba con él. Sin otra salida, la mujer aceptó, por el bien de su hijo. Llegó a oídos de Moreira la novedad y fue a vengarse de su compadre, que prevenido, puso 2 enormes perros mastines en la casa para que lo atacasen cuando Moreira quisiera entrar. El gaucho fué, mató los perros que se le abalanzaron, pero ésto sirvió para  que Giménez escape por la ventana. Allí su mujer e hijo se enteraron que estaba vivo. Tuvo que huir nuevamente. En el camino de vuelta, socorrió a un panadero que estaba siendo asaltado. El ladrón degolló al pobre y, justo llegaba Moreira, quien le quitó la plata robada y lo hizo huir. El gaucho puso el dinero en el cadáver y, viendo que no había más que hacer, partió. Gente que vió solo esa escena, culpó a Moreira de la muerte del pobre panadero. El gobierno, totalmente desencajado y humillado por el fracaso de tantas partidas, ordenó la captura inmediata de Moreira, con 30 soldados. El gaucho, fue advertido, como tantas otras veces y, una vez más, se negó a huir. Volvería a enfrentar las partidas, solo, como siempre lo hizo, con sus 2 trabucos, la filosa daga y su enorme poncho de vicuña, con el que paraba todos los ataques en sus duelos. Un gaucho que no lo estimaba, lo delató ante la partida sobre su paradero. Estaba en el prostíbulo "La Estrella", donde iba siempre. Luego de comer, dormía en su habitación. Cuando lo fueron a buscar, dijo que no se entregaría. En un rapto de coraje y arrojo increíbles, abría la puerta, disparaba hiriendo a los soldados y volvía a cerrar. Hizo salir a la mujer que estaba con él. Luego, decidió escapar y, fue pasando por el pasillo a dagazo limpio, hasta que llegó al patio. Una partida de 30 no podía con Moreira. Cuando llegó a la tapia para treparla y huir en su veloz caballo, resbala su pie de un ladrillo y queda colgando de un brazo. Ahí llega el sargento Chirino, que la clava la bayoneta por la espalda, perforándole el pulmón. Moreira, malherido, le dispara y le hace perder un ojo. Tambaleando, logra zafarse, y se vuelve a seguir peleando, pero ya las fuerzas no le daban. Cae arrodillado, el cuzquito que había visto todo llega a su lado. Moerira lo mira tiernamente, y tras 2 vómitos de sangre, muere. Comienza el mito, nacía la leyenda. Fue enterrado un par de días después, porque todos querían ver al famoso gaucho. Su mejor amigo, Julián Andrade, fue a su tumba y ahí estaba "Cacique", aullando por su compañero. Lo levantó y se lo llevó, mientras que al célebre overo bayo se lo quedó el jefe de la partida. El cráneo y la daga de Moreira están en exhibición en el museo de Luján. Así terminó el sufrimiento y desventura de Juan Moreira, el gaucho al que la justicia persiguió sin razón, hasta encerrarlo en su propio laberinto. La justicia de los poderosos, no la real, desgració a un hombre común, que perdió casi todo y terminó peleando para no morir.

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