GATO Y MANCHA, AMÉRICA DE PUNTA A PUNTA
Las historias que protagonizan animales, suelen llenarnos el corazón y el alma, debido a diversos factores, como capacidad, entereza, sacrificio, pero, por sobre todas las cosas: amor y lealtad. Esas 2 condiciones no se negocian para ellos, que son capaces de dar todo por la persona que los ha cuidado, inclusive su vida. La historia habla de innumerables animales que, lograron el bronce o el recuerdo en la memoria colectiva, por sus acciones. Y nuestro país no se queda atrás. Ya se habló aquí sobre la necesidad argenta de erigir muchos héroes, en situaciones determinadas, con altas dosis de patriotismo. Y está bien que así sea, mientras sirva para engrandecer nuestro ser nacional, nos enseñe a amar lo nuestro, a respetar nuestros valores. Los animales de nuestro país, han tenido gran participación en el desarrollo de nuestra idiosincracia, aquella que nos muestra como somos ante los demás. Argentina es un país que puede jactarse de tener ganado equino de los mejores de América, por ello nuestra historia de hoy homenajea a Gato y Mancha, los caballos que lograron una hazaña de ribetes incalculables. Pero, comencemos por el principio. Nuestro protagonista "humano" de ésta historia es el guía suizo Aimé Félix Tschiffely, quién tenía un amigo inglés, Robert Cunningham Graham, que era un enamorado de la "pampa gringa" argentina y un admirador de los caballos criollos. Tal fué la influencia de Graham sobre el joven suizo que, éste con 29 años se vino a Argentina a vivir y, además comprobar en vivo y en directo todo lo que le contaba su amigo. Obviamente pudo certificar la veracidad de ello, al contactarse con el veterinario Emilio Solanet, propietario de una estancia en Ayacucho, en la pampa bonaerense. El estanciero era un eximio criador y domador de caballos y se preciaba de tener las mejores tropillas de la zona, lo que equivale a decir del país. En una de sus transacciones más importantes, había comprado 84 yeguas y padrillos al cacique tehuelche Liempichén, que vivía en Chubut. Esos caballos criados en la adversidad climática hostil de la Patagonia, eran los mejores referentes de su raza. Tschiffely sostenía que su fortaleza era infinitamente superior a cualquier caballo, por los motivos antes mencionados, por lo que le propuso a Solanet demostrar esa fortaleza en una travesía impresionante que se le había ocurrido, unir Buenos Aires con Nueva York a caballo. Éste no sólo aceptó, sino que le regaló 2 de los mejores caballos que tenía para lograr su cometido. Solanet era un hombre importante y acaudalado, ya que también fue diputado nacional y fundador de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos. Los elegidos en cuestión fueron Gato, de pelaje gateado (de allí su nombre) de 16 años y Mancha, de pelaje overo, de 15 años. Había que domarlos para la travesía. Con Gato no tuvo problemas, se dejó domar inmediatamente, en cambio Mancha siempre estaba alerta, desconfiado y era reacio a ser montado. Ésto hacía que Gato lo siguiera e hiciera lo mismo que él. Finalmente, la costumbre de verlo diariamente y los cuidados que recibía por parte de su "domador", convencieron a Mancha, que solo se dejaba montar por el suizo. Corría el año 1925, gobernaba el radical Marcelo T. de Alvear, del mismo partido al que pertenecía Solanet. Éste consiguió autorización para partir de la Sociedad Rural. Lo hicieron el 24 de abril con toda la expectativa, inclusive el diario "La Nación" cubrió el trayecto de nuestro país. Al llegar a Bolivia lograron el récord mundial de altura, al llegar al paso El Cóndor, ubicado a 5900 metros sobre el nivel del mar. Una apostilla interesante del viaje fue que Tschiffely no llevó carpa para sus descansos nocturnos, dormía a la intemperie y nunca ató sus caballos de noche, los dejaba sueltos y al otro día, con un simple silbido, aparecían. Cruzaron varias veces la Cordillera y, lo más duro, fué la etapa del desierto peruano, donde soportaron temperaturas de 18 ° bajo cero de noche y 52° de día...!!! En varios lugares se abrieron camino, pues no los había y los guías y animales que contrataban por cada país que pasaban, los abandonaban ante la inhumanidad de tal viaje. Luego atravesaron las selvas de Colombia y Panamá, para adentrarse en América Central. La fortaleza de esos caballos era increíble, dándole la razón al suizo de, que los caballos criollos eran los mejores. Al llegar a México, una mula pateó y lastimó a Gato, que no pudo seguir por el dolor. Se quedó allí esperando y sus compañeros siguieron viaje. El 20 de septiembre de 1928, es decir, 3 años y 149 días después de partir, el joven Aimé y Mancha entraron triunfales por la Quinta Avenida de Nueva York, ante los ojos azorados de los habitantes, que no daban crédito a lo que veían. Fueron recibidos por el alcalde James Walker, quién los invitó a seguir a Washington para contactarlos con el presidente. Unos kilómetros más no harían nada...!! Al llegar, el presidente Calvin Coolidge no salía de su asombro al conocer los pormenores de la hazaña, que le traducía el embajador argentino en esas tierras. Enterado de ello, la revista National Geographic (hoy prestigioso canal de documentales, también), dedicó la tapa de su edición mensual a esa proeza. Tschiffelly no improvisó nada, lo calculó detalladamente para tener éxito, ya que había planeado 504 etapas de 46 kms. por día para llegar, atravesando 20 países y uniendo las 3 Américas, en un total de 21.000 kms. (récord mundial de distancia, además del de altura, ya mencionado). Luego de ello, volvieron a México a buscar a Gato, que ya estaba curado y regresaron en barco al país. Llegaron el 20 de diciembre y fueron recibidos con todos los honores. Los caballos volvieron a la Estancia "El Cardal", de dónde habían salido y, permanecieron allí hasta su muerte. Mancha falleció en 1944 a los 36 años y Gato en 1947 a los 40 años. Por su parte, el suizo se casó y murió en 1954. Escribió un libro sobre ésta hazaña, "De la Cruz del Sur a la Estrella Polar". En un fragmento cuenta que, pasados los años, volvió a la estancia a visitar a "sus amigos", quiénes al verlo y reconocer su silbido, alegremente se acercaron a él, como recordando los momentos juntos vividos. Gato y Mancha fueron embalsamados y hoy están en exposición en el Museo de Transportes en Luján, pero sus osamentas descansan en la estancia. En 1999, las cenizas de Tschifelly, que estaban en el cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires, fueron llevados a esa estancia, para reencontrarse definitivamente con sus leales compañeros. Hoy se los recuerda a ambos equinos, con calles que llevan su nombre en varias provincias y en su honor la Cámara de Diputados y Senadores estableció el 20 de septiembre (día en que llegaron a Nueva York), como el Día Nacional del Caballo. El suizo tenía razón, los caballos criollos (cuyos antecesores llegaron con Pedro de Mendoza en 1536), eran los mejores y más fuertes. Gato, Mancha y Tschiffely, 3 nombres para cruzar y unir las 3 Américas, en una hazaña sin precedentes.
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