CAMILA, UNA PASIÓN PROHIBIDA Y TRÁGICA
Las historias que narran y reflejan lo prohibido, suelen no sólo llamar la atención, sino generar corrientes de opinión a favor o en contra, lo que hoy llamaríamos la opinión pública. Las personas, por propia esencia, solemos tomar partido u opinar sobre hechos, sucesos o temas, a veces sin tener la información necesaria. Sin embargo, las reglas de juego son así, y muchas veces el dedo acusador tiene implicancias, a veces negativas, sobre la persona o hecho en cuestión. Si trasladamos éste contexto al siglo XIX en nuestro país, atravesado por la eterna lucha unitario-federal primero, y el férreo gobierno de Rosas después, el tema se complica. En una sociedad dividida en la aristocracia de familias poderosas, con linaje europeo, volcadas a las artes y el buen vivir y, la clase baja que comercia, trabaja o vive como puede, la brecha se agiganta. La oligarquía porteña, fiel exponente de lo primero, marcaba el ritmo social de la época, con fiestas ampulosas, ágapes abundantes, visitantes ilustres y demás. Éstas familias, prácticamente "exponían" con sus mejores atuendos a sus hijas, en galas lujosas, para conseguir algún joven de posición similar y "ubicarlas". Nuestra historia de hoy, trata de una joven de ésta aristocracia que, para la época, fué protagonista de un hecho sin precedentes. María Camila O´Gorman, o simplemente Camila, nacida en 1825, era la quinta de los seis hijos del francés Adolfo O´Gorman y Joaquina Pinto, quiénes por sus contactos y riqueza, hicieron estudiar y ubicaron a sus hijos varones en cargos estratégicos. Su hermano Enrique fue jefe de la policía porteña, con el poder que eso significaba para la época, además de fundar la Academia de Policía de Buenos Aires. Por su parte, Eduardo fue seminarista en la Orden jesuítica. Camila era una joven bella, con aptitudes para el arte, ya que tocaba el piano, cantaba, era una voraz lectora, en fin la piedra preciosa de la familia. Y, además, devota católica, como toda joven de su posición, asidua concurrente a misa. El otro protagonista de ésta historia es el tucumano Ladislao Gutiérrez, sobrino del gobernador de esa provincia, Celedonio Gutiérrez, también seminarista jesuítico y, por ende, compañero de Eduardo. Las influencias de su tío lo ubican en el curato del Socorro, en Buenos Aires con sólo 19 años, dónde a veces daba misa, pero principalmente confesaba en la parroquia a la que asistía Camila. La amistad con Eduardo y la cercanía del domicilio de los O´Gorman con la iglesia, hizo que frecuentara ese domicilio, ubicado frente a lo que es hoy, el Obelisco. El flechazo fue inmediato, cruzaron sus miradas y la atracción pudo más que el recato aristocrático y la estructura del clero, comenzando un romance clandestino casi juvenil, pues ella tenía 18 años, uno menos que él. El confesionario era el lugar dónde planeaban sus citas y dónde ella le "confesaba" , además de sus pecados, sus deseos y sueños futuros. Pasado el tiempo y, cansados de ocultar su amor (llevaban casi 5 años así), en diciembre de 1847, unos días después de la muerte de su abuela, la gran confidente de ella, deciden ponerle fin a esa situación y huyen el 12 de diciembre, a caballo. El cura avisó en la parroquia que partía por unos días por unos trámites, pero Camila huyó sin dejar rastros. La coincidencia del día de las desapariciones los terminó delatando y a los 10 días, su propio padre la denunció y pidió severo castigo para ambos. Era un escándalo de proporciones, los detractores y opositores de Rosas, aprovecharon para ensañarse con él. Sarmiento, pluma y lengua filosa si las había, vió la oportunidad y catalogó, desde Chile, el hecho como "niñas de la mejor sociedad que huyen con curas impíos y sacrílegos, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esa monstruosa inmoralidad". La familia O´Gorman sufría el escarnio y bochorno por el acto de su hija. La iglesia pidió discreción para evitar el escándalo, aunque en una carta los trata de "miserables, desgraciados e infelices" y, algunos aventuraron que había sido un rapto. Todas las miserias juntas, pero una sola verdad : ellos se amaban, más allá del que dirán y las consecuencias que eso acarrearía. La huída estaba planeada, irían por Luján, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y cruzarían a Brasil, dónde se quedarían a vivir. La primera noche durmieron a la intemperie, porque no consiguieron lugar donde quedarse, por lo avanzado de la hora. En Santa Fe se presentaron argumentando que habían perdido sus documentos y gestionaron unos nuevos. Ahora eran Máximo Blander y Valentina Desán, salteños y comerciantes. Pero se quedaron sin dinero y se asentaron en Goya (Corrientes), a mitad de camino, teniendo que vender ella sus joyas para subsistir. Al instalarse, en la pequeña casa donde habitaban, fundaron una escuelita para los menores de la zona. Fué tal la demanda, que se mudaron 2 veces a espacios más grandes. La felicidad era completa, eran un matrimonio querido del lugar y socializaban con la comunidad. Así, fueron invitados al cumpleaños del juez de paz de Goya, festejo que sería su tiro de gracia para su relación, pues concurrió el sacerdote irlandés Michael Gannon, quién reconoció al cura y no dudó en denunciarlos. Habían pasado 7 meses de la huída, 7 meses de felicidad que se truncaban. Fueron detenidos y separados, ya que Camila fue confinada en la casa de una familia de Goya y Ladislao a la cárcel. Lejos de arrepentirse, ella cargó con toda la cruz, confesando ser la iniciadora del romance y la ideóloga de la fuga, además de negar haber sido violada. No hubo piedad. Su padre, dolido por la "humillación" sufrida por su apellido, le dijo que sólo podía darle "escándalo, vergüenza y oprobio", a lo que ella respondió : "no le temo a nada". Ambos fueron esposados y, enviados en barco a Rosario y, de allí, en carreta a Buenos Aires. Por otro lado, Rosas estaba nervioso, era un león enjaulado, ya que semejante escándalo desafiaba su poder y autoridad si no hacía nada. Siempre con un as en la manga, el Restaurador de las Leyes, ordena que las carretas que traen a los prisioneros se queden en el presidio de Santos Lugares y no llegara a Buenos Aires. Había que ajusticiarlos, lejos del ruido y presiones de la capital, estaba decidido. Camila juega su última carta y escribe una misiva a su íntima amiga Manuelita Rosas, hija de don Juan Manuel, para que interceda por ellos. La joven, gran consejera de su padre, le responde la carta y en parte la ayuda, consiguiéndole lugar en un convento para ella y libros para que leyera el cura. Pero Rosas tenía otros planes, si su hija no lo convencía, nadie podía hacerlo. Para cubrirse, Rosas encargó el dictamen del caso a 5 destacados juristas (entre ellos Vélez Sársfield), quiénes, luego de leer la causa, aconsejaron la ejecución. Sin embargo, un hecho podría cambiarlo todo. Luego de ser examinada por una descompensación, los médicos determinaron que Camila estaba embarazada. Era la salvación, ya que la ley no permitía ejecutar a mujeres encintas. Pero eso no sucedería, la pena se cumpliría a como de lugar. Algunos historiadores afirman que no hay constancia escrita del embarazo de la joven y que, de haberlo estado, jamás habría sido ejecutada. El comandante Antonino Reyes (el mismo que hizo ejecutar al padre de Juan Moreira), le llevó la mala noticia, y le permitió confesarse y tomar agua bendita, para bautizar al futuro bebé. El 18 de agosto de 1848, vendados y atados en unas sillas fueron fusilados, primero él y luego ella. La última carta en prisión que Ladislao le escribió a Camila rezaba que "ya que no podemos estar juntos en la tierra, nos uniremos en el cielo". Con 22 años, fue la primera mujer condenada a muerte en nuestro país. Cuatro años después, por decisión familiar, sus restos fueron llevados al cementerio de La Recoleta, dónde descansan en la bóveda de los O´Gorman. Tal vez, nunca pensó su familia, sobre todo su padre, que la decisión de la justicia fuera extrema. No hay cartas íntimas que registren ésta historia de amor (salvo las de la cárcel), pues ellos se veían siempre, pero si está confirmado el hecho. Nadie, salvo Manuelita Rosas, defendió a Camila, ya que recibió la desaprobación de su familia, la justicia, la iglesia y el gobierno. Fué la única vez que Rosas no le hizo caso a su hija, incluso 20 años después, al preguntarle a don Juan Manuel, en su exilio inglés, sobre éste caso, dijo que nadie de la iglesia o la justicia intercedió en favor de la infortunada. Camila, protagonista de una pasión prohibida, que como le dijo a su padre, no le temía a nada, pagó con su vida su afrenta juvenil.
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