LA MÀQUINA DE HACER LLOVER, OTRO MITO ARGENTINO
Por èstos dìas, devastadores incendios estàn atacando las sierras y el monte nativo de Còrdoba. Casi siempre producidos de manera intencional por la mano irresponsable humana, la naturaleza responde con toda su furia ante semejantes negligencias o imprudencias. La particular, ùnica y bella geografìa serrana de la Docta, hace que haya lugares de imposible acceso, dònde esos hèroes anònimos de naranja, nuestros bomberos, combaten de manera desigual ante el fuego implacable. Hace falta una ayuda inmediata de la lluvia, que en otoño e invierno, generalmente se niega a caer por Còrdoba. Èsta cuestiòn climàtica y topogràfica, hace que un incendio allì sea muy difìcil de controlar si no es detectado a tiempo. Sin embargo, el ser humano apela a todo su arsenal religioso, de creencias, rezos o lo que estè a su alcance para "llamar" a la lluvia. Argentina ha sido pionera en materia de inventos y, uno de los màs extraños, controvertidos y polèmicos fue la "mà- quina de hacer llover", creada por el entrerriano Juan Baigorrì Velar. Pero primero conozcamos su historia. Luego de terminar la secundaria, viajò a Italia, dònde se recibiò de ingeniero, con especializaciòn en Geofìsica. Fuè un adelantado para la època (dècada del `20), ya que trabajò en casi todos los paìses europeos estudiando la composiciòn del suelo y la exploraciòn petrolìfera. Apasionado por su trabajo, construìa sus propios instrumentos para detectar minerales. Enterado de èsto, el mìtico General Mosconi, creador de YPF, lo convocò en 1929, para trabajar en la recièn fundada petrolìfera estatal. No lo dudò y regresò a su paìs natal, recuperando Argentina a un cientìfico de prestigio, que trabajaba para otros paìses. Pero su misiòn darìa un giro inesperado, ya que en una investigaciòn que hacìa en Bolivia, buscando minerales, al poner en funcionamiento su màquina (siempre usaba aparatos creados por èl), se producìan ligeras lluvias. Segùn su instinto cientìfico, atribuyò ese fenòmeno a una congestiòn electromagnètica que la màquina producìa en la atmòsfera. Chino bàsico para la gente comùn, pero explicaciòn al fin. Mejorò el aparato, que era del tamaño de un televisor de 14 pulgadas, con una baterìa, 2 antenas de polo positivo y negativo y una combinaciòn de metales radiactivos fortificados con sustancias quìmicas. El proceso era sencillo: las antenas dirigìan emisiones electromagnèticas que provocaban una congestiòn atmosfèrica y, por ende, la lluvia. La probò varias veces y el resultado era siempre el mismo: lluvia...!!! Decidido como era, llevò la màquina al Ferrocarril Central Argentino para ofrecer su invenciòn y, el jefe de allì le contestò con un desafìo: ir a Santiago del Estero y "hacer llover" allì, dònde habìa una de las peores sequìas de la historia. Baigorrì Velar recogiò el guante y, con un representante del ferrocarril fuè hacia allà. Segùn contò èste testigo, cuàndo se encendiò la màquina, el viento cambiò de direcciòn, se nublò y 12 horas despuès se produjo un leve chaparròn. Creer o reventar. Hasta tal punto se propagò ese hecho que, el gobernador de esa provincia lo convocò, le propor- cionò instalaciones y tras 2 dìas de funcionamiento, cayeron 60 milìmetros de agua. A èsta altura, nuestro inventor era una cele- bridad, siendo entrevistado por todos los medios, ya sea naciona-les o internacionales. Lo tentaron de Estados Unidos ofrecièndole fortunas por su patente, pero se negò aduciendo que deseaba que su invento beneficiara a su paìs. Obviamente tuvo detractores, como no podìa ser de otra manera, ya que el Director del Servicio Metereològico, lo calificò de "poco serio" y que el invento era un fraude. Herido en su orgullo, ante tamaña descalificaciòn, redoblò la apuesta, prometiendo como regalo una lluvia para el 3 de enero de 1939 (lo anunciò el 27 de diciembre). Encendiò la màquina el 30 de diciembre, la gente se agolpaba en su casa pidièndole que no arruine las fiestas con una tormenta. Les dijo que no se preocuparan, que la encendìa el 30, para que llueva el 3 de enero, como habìa prometido. Finalmente, a las 5 de la mañana del 2 de enero cayò un temporal (se habìa encapotado bastante el cielo la noche anterior). El hecho lo elevò a una popularidad incuestionable, era tapa de los diarios y ya casi no dudaban de èl. Lo llamaban de todos lados y, en el colmo de lo utòpico, lo llamaron de la ciudad de Carhuè, al sur de Buenos Aires, dònde una prolongada sequìa habìa vaciado el lago que les servìa de suministro. Allì fue nuestro inventor, que con su màquina hizo desatar dos tormentas elèctricas que volvieron a llenar el lago. Y asì viajò por todo el paìs, produciendo sus hazañas acuìferas en San Juan, La Pampa, Còrdoba (vino a hacer llover para llenar el dique San Roque, que llegò a una altura de 35 metros). Durante la segunda presidencia de Peròn, fue convocado por el Ministerio de Asuntos Tècnicos, para que utilizara su màquina en casos extremos de sequìa, pero en realidad el gobierno justicialista querìa conocer el funcionamiento de tan magnìfico invento para patentarlo, pero Baigorrì Velar siempre se negò a develar el secreto de su invenciòn, ademàs de establecer que, solamente èl podìa manejarlo. A raìz de ese desaire, dejaron de convocarlo y lo volvieron a acusar de fraudulento, el gobierno le hizo la cruz y, poco a poco, se fue apagando su estrella. Muriò en 1972 y se llevò el secreto a la tumba. Años màs tarde su casa fue demolida, y jamàs se supo dònde quedò esa màquina tan deseada. Tal vez el relato sea poco convincente o sin rigurosidad cientìfica probada, pero hubo testigos que vieron como la màquina funcionaba. Quizàs tambièn sea producto de la casualidad, pero ya era demasiada. Tal vez hoy, si estuviera Juan Baigorrì Velar, serìa convocado para ayudar con la lluvia a nuestros abnegados bomberos. Mito o realidad...mientras tanto, nuestras montañas siguen ardiendo.
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