JUANA AZURDUY, FLOR DEL ALTO PERÚ...

Dejarlo todo por una causa suele ser algo reservado para aquellos que renuncian a una vida "normal", sin sobresaltos. Tiene mucho que ver el convencimiento, principios y decisión de la persona que toma tal postura, sin olvidarnos, por supuesto, del contexto histórico, político y social en el que vive esa persona. La protagonista de hoy decidió, junto a su familia, dejarlo todo por una causa, como se mencionó al principio. Juana Azurduy nació el 12 de julio de 1780 en el paraje de Toroca, al norte del departamento de Potosí, provincia de Chayaita, en lo que hoy sería Bolivia (en esa época, era el Virreinato del Río de la Plata). Hija de Eulalia Bermúdez, una "chola" mestiza de Chuquisaca, de padre español y madre india, y de Matías Azurduy, hacendado criollo, de ascendencia española, quién poseía muchas tierras y bienes en la zona. No tuvo hermanos varones, por ello desde chica realizó trabajos rudos de campo y se convirtió en una excelente jinete. A pesar de su carácter fuerte, supo ganarse el respeto de quienes trabajaban para su padre (aborígenes y gauchos) debido a su buen trato y predisposición. Además, su madre le enseñó a hablar en quechua y, luego aprendió aymará, lo que facilitaba la comunicación con los aborígenes. La vida le dió la primera bofetada al quedar huérfana de madre (por muerte súbita) a los 10 años y, poco tiempo después, su padre moría asesinado. Junto a su hermana menor Rosalía quedaron al cuidado de sus tíos, Petrona Azurduy y Francisco Díaz Valle, pero el espíritu rebelde de Juana no era del agrado de su tía, con quién se peleaba constantemente. ¿ Qué hizo doña Petrona entonces ? Mandó a Juana de pupila a un convento. Santo remedio, valga el juego de palabras. Pero fué en vano, ya que Juana seguía con su espíritu libre, poco afecta a ser mandada por alguien. A los 17 años, en 1797, expulsaron a la indomable Juana del convento, por razones obvias. Volvió, alojándose sola en una de las casas paternas, para no seguir peleando con su tía. Sin embargo, en algunos momentos, colaboraba con ella en la administración de las propiedades que heredó de su padre. Evidentemente, los problemas eran de convivencia. Con frecuencia visitaba la casa de una antigua vecina, Eufemia Gallardo de Padilla, a cuyo hijo, Manuel Ascencio, conocía de niño y, habían vuelto a reencontrarse. Hubo flechazo, noviazgo y posterior casamiento en mayo de 1805 en Chuquisaca. Al principio vivieron 4 años apacibles y tuvieron igual cantidad de hijos (Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes), pero la Revolución de Chuquisaca (donde vivían) en 1809 cambió todo. El gobernador fué destituído y se formó un junta de gobierno (algo similar pasaría en Mayo de 1810, en Buenos Aires) y, Manuel Padilla apoyó éste levantamiento aportando 2000 rebeldes a su mando. Sin embargo, la misma no tuvo éxito y fue desarticulada a principios de 1810 cuando fueron vencidos por los realistas al mando del brigadier Vicente Nieto, enviados por el virrey Cisneros. Padilla fue encarcelado y desterrado. Tomando nota de los sucesos ocurridos, la Primera Junta, recién conformada, mandó a Juan José Castelli al frente del Ejército Auxiliar del Norte con la misión de combatir a los realistas del Alto Perú que no aceptaban la Revolución de Mayo, junto a los generales González Balcarce y Eustaquio Díaz Vélez. Ya liberado, Padilla se une a ese ejército, mientras que Juana, que se había quedado en su casa a cuidar a sus hijos, practicó todo ese tiempo el uso del sable, las boleadoras y la honda. También lanceaba muñecos de paja que ella misma diseñó, entrenando de éste modo, sus ataques. Su hogar no era seguro ya, por viejos rencores a Padilla y, porque íntimamente quería pelear al lado de su marido y para ello se había preparado. Tomó entonces una importante decisión que, cambiaría para siempre el rumbo de su vida : dejó sus 4 hijos al cuidado de pobladores de su entera confianza y se marchó a alistarse al Ejército Auxiliar del Alto Perú (cabalgó sola toda una noche hasta llegar al campamento patriota). Solo la personalidad y carácter de Juana convenció a su marido de dejarla pelear a su lado. La tremenda derrota de las fuerzas patriotas en la batalla llamada "Desastre de Huaqui", hizo retroceder el ejército a Tucumán. Debido a ello, todas las tierras y cosechas de Juana y Padilla fueron confiscadas y, ambos huyeron a esconderse en la selva. Luego, ambos se separan, porque Juana va a buscar a sus hijos y ponerlos a salvo. Sin embargo es delatada y arrestada con ellos. Enterado Padilla de ésto los va a rescatar una noche y, allí fluyó el coraje, destreza y valentía de Azurduy que  logró escapar, matando a varios guardias. Fué al encuentro de Padilla que la esperaba con 3 caballos cerca de allí y se perdieron en la noche (Juana y Juliana en un caballo, Padilla y Mercedes en otro y los dos varones, Manuel y Mariano, de 4 y 5 años de edad en el otro). Una demostración de valentía familiar incomparable. Castelli, fué reemplazado por Belgrano al mando del Ejército Auxiliar del Norte que, como se dijo, debía frenar el avance realista desde el Alto Perú a Buenos Aires. Si bien la Revolución de Mayo se había producido, la misma aún estaba frágil y además la improvisación estaba a la orden del día, ya que, sin desmerecerlos, Castelli y Belgrano, por su condición de abogados, eran más útiles en Buenos Aires que en el frente de batalla. También hay que considerar que la 1° Junta inauguró la primera "grieta", entre los revolucionarios "morenistas" (Castelli, Belgrano, Moreno) y los "conservadores" saavedristas" (Saavedra y el resto) que tenían métodos y formas distintas de entender la Revolución (por eso a los primeros los "alejaron" para combatir). Por supuesto que Juana y Padilla, en 1813, se unieron a Belgrano y allí, Azurduy formó su propio "mini ejército" para proteger la zona que le asignaron, a los cuáles llamó "Los Leales", conformado por aborígenes que la veneraban llamándola "Pachamama". Colaboró con su tropa en el "Éxodo jujeño" y combatieron en las derrotas patriotas de Vilcapugio y Ayohuma. Debido a su heroísmo y arrojo en las acciones (con un reducido grupo de soldados, le arrebató por sorpresa la bandera y muchas armas a un campamento enemigo), Belgrano le regaló su sable. Luego de las derrotas mencionadas el Ejército Auxiliar se desmembró y Belgrano se retiró, para más adelante formar el Ejército del Norte (que pelearía en nuestro país). Pero Juana y Padilla buscaron otros rumbos para seguir combatiendo, dedicándose a acciones guerrilleras contra los realistas, pero la vida agitada de la guerra había afectado y quebrantado la salud de sus pequeños hijos, que no se alimentaban bien, dormían poco y mal y las condiciones de salubridad no eran las mejores. En 1814, las tropas de Juana y Padilla vencen a los realistas en la batalla de Tarvita (Bolivia) y ello desata la ira del brigadier español Joaquín de la Pezuela, quién en un documento firmado por él, ordena "aniquilar a los Padilla". Dicha información les llegó a través de un espía y el matrimonio decidió separarse por un tiempo, refugiándose ella en la Valle de Segura. Padilla siguió combatiendo y fué derrotado en la batalla de Pomabamba. Ésto hizo que Juana se refugiara en la zona pantanosa de dicho valle. Las pésimas condiciones de salubridad hizo que varios de sus soldados la abandonaran y, lo peor, sus 2 hijos varones enfermaron de malaria en ese lugar. Para evitar que se contagiaran las niñas, encomendó a uno de sus hombres, Dionisio Quispe, que las llevara a un rancho de algún aliado para que las cuidasen. Pero sus hijos varones empeoraron su salud y fallecieron. Ella misma los enterró en fosas comunes. Como Quispe no regresaba, colocó una cruz en ambas tumbas y salió a buscar a sus hijas, presintiendo algo malo. En el camino se encontró con su marido y Juan Hualparrimachi, su lugarteniente y anterior cuidador de sus hijos. Allí les informó la infausta noticia y Padilla, obviamente, perdió lo estribos e increpó a Juana por no haberlos cuidado. La intervención del lugarteniente impidió que la cosa pasara a mayores. Luego de disculparse y llorar desconsoladamente, Padilla le dijo a Juana que debían recuperar a las niñas. El mal presentimiento de Juana se hizo realidad, ya que Quispe la traicionó con los realistas a cambio de la promesa de un futuro mejor si se unía ellos. Llegaron a un rancho donde estaban las niñas prisioneras, atadas a una cama. Padilla, Juana y Hualparrimachi las rescataron a sablazo y balas. Las cargaron, pero sus cuerpecitos calientes de fiebre, evidenciaron el contagio y avance de la enfermedad, muriendo luego ambas en el camino. El terrible mazazo de la pérdida de sus 4 hijos en brevísimo lapso de tiempo, hizo que el carácter del matrimonio cambiara, apoderándose la ira de ellos. Prueba de ésto era que cuando tomaban prisioneros, Azurduy los ejecutaba aunque trajeran bandera blanca de rendición. Antes, Juana solía interceder por la vida de ellos. Sin embargo, buscaron un quinto hijo y, Juana quedó embarazada. En ese estado siguió luchando y, salvó su vida de milagro en una emboscada nocturna a su campamento. Un aborigen que los conocía, a cambio de unos víveres, delató el lugar donde hacían noche. Fueron sorprendidos por los realistas (Padilla estaba peleando en otra zona) mientras dormían. Los gritos de Juana al defenderse, alertó a su lugarteniente quién interpuso su cuerpo ante un disparo dirigido a Juana, dando su vida por ella. Meses después, estando en el velorio de su amigo Gregorio Núñez, ejecutado por los realistas, Juana sufrió contracciones. Pobladoras originarias que estaban allí la acompañaron a la vera del río, dónde dió a luz a su quinta hija : Luisa. Junto a su beba, Juana fué escoltada hacia donde tenía su campamento, por una guardia de 4 soldados a cargo del sargento Romualdo Loayza, llevando armas, víveres y animales para ese lugar. Pero parece que la traición era moneda corriente en la vida de Juana, ya que los propios escoltas quisieron robar todo y matar a Juana, aprovechando su debilidad al haber parido recientemente. Azurduy, que había escuchado el complot la noche anterior, fingiendo que dormía, los "madrugó" y, de un sablazo tiró a Loayza al suelo, dejándolo malherido ante el estatismo de sus hombres. Ésto fué aprovechado por la mujer que, apretando fuertemente a su hijita, obligó a la mula que la transportaba a tirarse al correntoso río que había debajo. Con esfuerzo, el animal llegó a la orilla, poniédolas a salvo. Al reunirse nuevamente, el matrimonio Padilla decidió que la pobladora originara Anastasia Mamani, de total confianza de ellos, criara a la niña, pues ellos debían seguir con sus tareas militares. En 3 de marzo de 1816, luego de varias heroicas acciones, Juana fué ascendida a teniente coronel, mediante decreto firmado por el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón, convirtiéndose así en la primera mujer con grado militar en América. Poco tiempo después, Juana perdería al hombre de su vida, pues en la Batalla de La Laguna, Manuel Padilla fué sorprendido en su campamento y vencido por las fuerzas del Coronel Manuel Aguilera, quién ordenó matar a los prisioneros. Juana, que con "Los Leales" estaba de reserva cerca del lugar, recibió heridas en una pierna y el pecho y logró escapar a caballo. Padilla fué decapitado y su cabeza fué expuesta en una punta de lanza en la plaza de La Laguna. Al enterarse, Juana quiso volver, pero la convencieron de no hacerlo, pues tenía que reorganizar las tropas, ya que ante la muerte de su esposo, quedaba al mando. Días después, con 200 soldados, entre hombres y mujeres y pobladores que se les unieron, atacaron la plaza, desatando una verdadera masacre, ya que escondidos, eliminaron a todos los realistas que se cruzaban. Recuperaron la cabeza, muy descompuesta ya, por acción de los gusanos y consumida por los cuervos. Ya viuda, Azurduy siguió en la lucha y se unió a las fuerzas de Martín Miguel de Guemes y colaboró con los gauchos del general para contener a los realistas en Salta. La muerte del prócer salteño en 1821, significó el final de la carrera militar de Azurduy. Quiso volver a su casa en Chuquisaca y, para ello pidió ayuda al gobierno de Salta que, sólo le dió 4 mulas y 50 pesos. Siete años después, regresaría. En compañía de Luisa, que ya tenía 11 años, intentó recuperar sus tierras confiscadas, pero sólo le reconocieron una casa, que luego tuvo que vender por necesidad económica a un precio menor de lo que realmente valía el inmueble. No le reconocieron nada de lo hecho por ella y su esposo en las guerras de la independencia, estando así siempre al límite en lo económico. La llegada de Simón Bolívar, al organizarse la nueva República de Bolivia, fué un alivio para ella, ya que el libertador sí la reconoció y le estableció una pensión de $ 60, que luego aumentaría a $ 100. Bolívar se deshizo en elogios hacia Azurduy y su esposo : "Éste país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Azurduy o Padilla, porque son ellos los que lo hicieron libre". Dos años después le quitaron la pensión, debido a los graves problemas internos en ese país (el general del Ejército, Sucre fué herido y el gobernador asesinado). Buenos Aires tampoco le reconoció nada, pues consideraba el Alto Perú y sus comarcas como extranjeros, a pesar de pelear para ellos. Repuesto Sucre de sus heridas y restablecido en el poder, le aumentó la pensión, pero dejó de cobrarla en 1830, otra vez por problemas internos. Su hija Luisa, que vivía con ella, al crecer se casó con el hacendado Pedro Poveda Zuleta y se marchó con él lejos, dejando en soledad a Juana. Igual, no hubo mucho apego entre ambas, debido a los 11 años de ausencia por la actuación en las guerras y, eso impidió una relación fluída entre madre e hija. Para mitigar su soledad, llevó a vivir con ella a Indalecio Sandi, un niño discapacitado hijo de un pariente lejano. Falleció el 25 de mayo de 1862, a los 81 años, en una sencilla habitación donde vivía con el niño, quién se presentó ante las autoridades militares para comunicar la novedad y solicitar funerales acordes a su grado militar, como le correspondía. La insólita respuesta del Mayor Joaquín Taborga, quién estaba a cargo, fué que por los festejos del 25 de mayo, no podía hacer nada, pues todos estaban ocupados en eso. Fué enterrada en una fosa común, ante la sola presencia del sacerdote que emitió la oración e Indalecio. La "ceremonia" tuvo el costo simbólico de $ 1. Muchísimos años después, Indalecio ya anciano, señaló el probable lugar donde estarían los restos de Juana. Fueron rescatados algunos huesos y llevados, con total justicia, a la Casa de la Libertad en Sucre (Bolivia). Es venerada en Bolivia, donde el Aeropuerto de Sucre lleva su nombre, fué ascendida al grado de Mariscala del Estado Plurinacional de Bolivia (el cargo más alto del ejército), la Orquesta Infanto - Juvenil Nacional de Bolivia se llama "Juana Azurduy" y existe un Bono de 260 dólares para mujeres gestantes o con niños menores de 2 años con su nombre. También un departamento boliviano lleva el nombre de Padilla, en honor al matrimonio. En tanto, en Argentina, en 2009 se estableció el ascenso post-mortem a Generala de la Nación (el más alto cargo), la ruta que atraviesa "El Impenetrable" en Chaco y la Unidad de Infantería de Monte N° 28 con sede en Tartagal, llevan su nombre, como así muchísimas escuelas. Un monumento de 16 metros de altura y 26 toneladas está enclavado en la Plaza del Correo en Buenos Aires, detrás de la Casa Rosada. El 12 de julio, día de su nacimiento, se instituyó como el día de la "Confraternidad Argentino - Boliviana" y también como el Día de las Heroínas y Mártires de la Independencia de América". En un acto realizado en Sucre, el gobierno argentino entregó el sable y las insignias de Juana, para ser depositadas en su última morada. La cultura musical la recuerda con un canción escrita por Félix Luna, música de Ariel Ramírez y cantada por Mercedes Sosa (la tucumana interpretó a Juana en la película "Guemes, la tierra en armas"). Juana Azurduy de Padilla, heroína de 2 naciones hermanas, dejó todo por la causa independentista americana, tanto familia como posesiones, combatiendo a la par de su esposo y sin poder disfrutar de sus hijos, tal vez el sacrificio más grande que una madre pueda hacer. Lo perdió todo por una causa, pero siguió adelante siempre por su sueño de libertad. Será eternamente recordada en la canción en su honor : "Juana Azurduy, flor del Alto Perú, no hay otro capitán más valiente que tú. Oigo tu voz, más allá de Jujuy y tu galope audaz, Doña Juana Azurduy"...

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